Geboren in Córdoba, Argentinien, lebte lange Zeit in Spanien und lebt nun in Deutschland. Er ist Schriftsteller, Autor von Romanen und Kurzgeschichten, Regisseur und Professor für Film. Seine Geschichten erscheinen regelmäßig in renommierten Zeitschriften, Anthologien und Literaturmagazinen in Spanien, Argentinien, Mexiko, Chile, Peru, Kanada, USA, Italien, Frankreich und Deutschland. Er studierte Bildende Kunst an der Kunsthochschule Emilio Caraffa in Cosquín, Córdoba, Argentinien.

Natural de Córdoba, Argentina, ha vivido en España y actualmente reside en Alemania. Es autor de relatos, novelista, director y profesor de cine. Sus cuentos aparecen habitualmente en prestigiosos periódicos, antologías y revistas literarias de España, Argentina, México, Chile, Perú, Canadá, Estados Unidos, Italia, Francia y Alemania. Ha cursado Bellas Artes en la Escuela de Artes Emilio Caraffa de Cosquín, Córdoba, Argentina.

Norberto Luis Romero is an Argentine, now a citizen of Spain presently living in Germany. He writes a wide range of fiction -from realistic to extreme fantasy. His stories have been published in Spain, Argentine, France, Italy, Canada and the United States. This is his first book-length collection to appear in English. He writes a wide range of fiction- from realistic to extreme fantasy.

Originario di Cordoba (Argentina), risiede in Spagna dal 1975. La sua opera letteraria, che comprende racconti e romanzi, ha ricevuto riconoscimenti per lo stile diretto e agile e per le sue sorprendenti tematiche, mai convenzionali e sempre molto coraggiose.

30.3.13

EL BENEFACTOR



El ciudadano ejemplar, archimillonario, filántropo y generoso, decidió donar a la ciudad un bello y lujoso cementerio, dotado de todos los avances, en el que tuvieran cabida todos los ciudadanos cuando pasaran a mejor vida, y sus restos reposaran en paz en elegantes tumbas de mármol acondicionadas para que soportaran el mínimo deterioro. La idea fue acogida con entusiasmo y cada uno eligió, de un amplio catálogo, el modelo de tumba con el que había soñado. En el sobre junto al dibujo y los planos elegidos, cada ciudadano adjuntó su nombre y apellidos y la fecha de su nacimiento.
  En tres años de arduo e interrumpido trabajo, el cementerio se levantó circundado por altos muros de los que sobresalían estatuas de ángeles, doncellas, cúpulas doradas, agujas, torres y cruces. El 21 de mayo, coincidiendo con la llegada de la primavera, la inauguración fue convocada a bombo y platillo y ante las puertas del recinto el benefactor pronunció un hermoso discurso, cargado de metáforas, antes de abrir las altas cancelas de hierro.
  Los ciudadanos se extasiaron ante el panorama: la perfecta geometría ortogonal del trazado de las calles flanqueadas por cipreses esbeltos; panteones espléndidos alienados formando manzanas, con jardines que salpicaban de flores el austero mármol. Superado el éxtasis, se esparcieron por las calles en busca de la propia tumba que cada uno había elegido tres años atrás. Nadie se sintió defraudado cuando se encontró frente a la suya propia, en cuyo dintel aparecían cincelados nombre, apellidos y fecha de nacimiento, pero sí se sintieron invadidos por un ligero resquemor: no era usual leer el propio nombre grabado en una tumba.
  De inmediato este sabor de boca fue sustituido por uno más dulce cuando descubrieron la belleza y el oropel que reinaban en el interior de las criptas: catafalcos abiertos exhibían un terciopelo blanco como nieve, y el rojo carmesí y el amarillo de las vidrieras volvía en rosa o dorado la luz que se filtraba por las banderolas altas. Flores artificiales de seda se enredaban en las columnas de ébano y numerosas criaturas angelicales de piedra y nobles metales velaban desde todos los ángulos. Cada uno tuvo en su corazón palabras de agradecimiento para el benefactor, a punto estuvieron de caer de rodillas en señal de absoluta gratitud, pero en aquel momento, en cada una de las tumbas las puertas se cerraron automáticamente con enorme estruendo, y un rayo de luz proveniente de un rosetón colocado en lo alto iluminó el reverso de cada puerta, en la que vieron cincelada la fecha de su muerte y un epitafio que decía:


“Hoy, 21 de mayo, se abren todas las flores.
El Benefactor, con el poder que le da su riqueza,
las marchita y las seca lentamente”.

27.3.13

LOS HUÉRFANOS


Aro Tolbukhin. Agustí Villalonga


  No conocimos a nuestra madre, murió una semana después de haber nacido nosotros, acaso debido a que no pudo soportar las consecuencias de un parto de trillizos. Pero su presencia en casa es continua y feliz: papá lleva el vestido blanco de mamá a todos lados. Cuando comemos lo sienta a la mesa, en la silla que ella ocupaba; y sigue teniendo su sitio en le sofá cuando miramos televisión. Lo lleva con él en el coche, sentado a su lado, cuando va de compras. Lo mantiene limpio, impecable, sin una arruga y oloroso a lavanda.
  Hay algo que los hijos nos preguntamos, ¿por qué cuando llega la noche y papá se encierra en su alcoba con el vestido, en el momento en que desaparece la luz por debajo de la puerta, lo oímos sollozar?

20.3.13

DEVOCIÓN POR EL MERCURIO




De niño me fascinaba quebrar los termómetros en busca de esa lágrima de plata esquiva, que se escurre entre los dedos, se fragmen­ta en numerosas y minúsculas esferas igualmente inasibles,  y vuelven a fusionarse con un espasmo. Lentamente, con el paso de los días, la lágrima va desgastándose, haciéndose cada vez más exigua hasta desaparecer.
Multitud de veces la hice rodar por el suelo, entre las patas de los muebles, como un frágil insecto deslumbrante que al chocar con un obstáculo soltaba decenas de esporas, que se perdían en los recovecos inaccesibles del entarimado, en sus fisuras oscuras, junto a la pelusa y el polvo acumulados.
Ahora, mi inexplicable debilidad es otra: esta desgana y laxitud que me impide, incluso, empuñar el lápiz en este intento de dejar un breve testimonio. Ya no destruyo el frágil y delgado cilindro de cristal que contiene el mercurio, y que cada noche indica mi debilidad con su misterioso alargamiento capilar. Hace años que poseo este mismo termómetro, que cariñosamente alojo en mi axila izquierda al atardecer, mientras rememoro aquellos días azules, cuando a escondidas hacía rodar la bolita de plata, amparado bajo la enorme y oblonga de la mesa Chippendale, que todavía hoy conservo, y cuyas patas acabadas en garra felina estrangulas una enorme esfera opaca y desgastada.
El azogue de los espejos -a los que ahora rehuyo- posee semejanzas con la pulida superficie metálica del caprichoso mercurio, con su misteriosa capacidad para fragmentarse sin perder por ello su forma primigenia.
También me desvanezco con los días, me voy empeque­ñeciendo poco a poco entre cálidas ensoñaciones en las que evoco la garra aprisionando la bola. Me pregunto si también yo, un día, me fragmentaré en numerosas esferas de plata, si este color ceniciento que patina mis mejillas antes rosadas, se volverá brillante como el azogue, y si mis hijos sentirán de niños esa misma pasión que yo -porque todo de hereda, como la heredé de mi padre, y éste de mi abuelo, muertos prematuramente, débiles y cenicientos.
Cuántas veces coloqué en el cuenco de mi lengua plegada aquel insecto brillante, me extasié en su frescura impalpable y lo dejé rodar luego por mi garganta. A veces, la frialdad del termómetro en mi boca me recuerda esa sensación tan peculiar e infrecuente que tuve el privilegio de experimentar.
Sé que este termómetro que me acompaña fielmente desde hace años señalándome el paulatino avance de mi fin, acabará sus días bajo la codiciosa mirada de mi pequeño hijo, cuyas manos extiende hacia mi axila reclaman­do su herencia con balbuceos. La bola de plata acabará prisionera entre sus dedos, como la esfera de madera en las garras del león; pero intuyo que será por poco tiempo, pues el mercurio, en su desmedido amor por la libertad, acabará huyendo de la pasión de mi hijo, fragmentándose, desvaneciéndose en su boca, igual que se desvanece mi rostro cada mañana en el espejo, en las fisuras oscuras del veneno.

16.3.13

RESEÑA DE "ISTANTANEE D'INQUIETUDINE"

Gianluca Di Cara. FLANERI

Dieci racconti, dieci rapidi istanti catturati dalla penna di Norberto Luis Romero: Istantanee d’inquietudine (Edizioni Arcoiris, 2012) è una breve raccolta che ci viene illustrata in un’attenta postfazione dalla traduttrice e curatrice del libro, Dajana Morelli.

Racconti che sono come dei brevi flash, cui accediamo in medias res, senza alcuna introduzione e, soprattutto, senza alcuna conclusione, come se fossimo entrati in sala una decina di minuti dopo l’inizio del film: una volta terminati, siamo liberi – forse anche troppo – di dar loro una nostra interpretazione, di ritornare alla realtà con numerose domande e pochissime risposte certe, siamo lettori lasciati a noi stessi. L’inquietudine menzionata nel titolo vale per molti di questi racconti, in primis il “Diario del tassidermista”, che riesce a trasmetterci una sensazione profonda di disagio e di disturbo toccando le corde della nostra sensibilità con una forte forza evocativa: all’improvviso siamo proiettati in un ambiente tetro, popolato da uomini e donne a dir poco peculiari, come dei reietti sociali che diventano oggetto dell’attenzione di una non meglio precisata “mamma”. A narrare i fatti è il tassidermista del titolo, che sembra rivolgersi ai lettori da pari, da normale, pur dimostrandosi un personaggio tanto angosciante quanto le restanti caricature umane che lo circondano.

Come leggiamo nella quarta di copertina, c’è chi intravede nella scrittura di Romero – autore dalla crescente importanza all’interno del panorama contemporaneo – un richiamo a grandi della letteratura in lingua spagnola come Jorge Luis Borges o Julio Cortázar: in effetti, elementi come un’ironia sottile, autentica, sono indubbiamente presenti fra le righe di questo breve libro, e non si può certo evitare di riconoscere in alcuni racconti, così autonomi e “a sé stanti”, un’eco di Borges e del suo L’Aleph, capaci come sono di darci forti emozioni e di lasciarci altrettanto fortemente interdetti.

Paradossi e irrealtà sono la normalità del libro; come dice la Morelli, all’interno di questi racconti «scopriamo paure nascoste, paure sepolte, ma familiari […]; ci mettono faccia a faccia con ciò che solitamente resta in ombra»: paura della morte e del dolore, paura degli altri, paura dell’ignoto. Se alcuni racconti non ci colpiscono particolarmente, forse perché quasi eccessivamente autonomi e privi di introduzioni di sorta, di un contesto che stimoli in noi un pensiero più profondo, altri sono permeati da richiami alti, che li tramutano in una sorta di costante citazione dei grandi della letteratura.

Come molto spesso accade, un numero di pagine limitato non sempre è sintomo di lettura semplice o leggera e, ancora una volta, è necessario grattare la superficie per scoprire che cosa vi si nasconde sotto.


(Norberto Luis Romero, Istantanee d’inquietudine, trad. di Dajana Morelli, Edizioni Arcoiris, 2012, pp. 121, euro 10)

13 Marzo 2013

13.3.13

LA NOVIA



Había sido su sueño desde que tuvo uso de razón y conciencia de su sexo femenino, por eso viajó a la ciudad limpia y perfumada en busca de una de las modistas más reputadas y que estaba al alcance de su bolsillo, o del de su padre. Naturalmente, del amplio catálogo que la modista desplegó ante sus ojos campesinos, eligió el más recargado y costoso, convencida de que con él sería la novia más bella del mundo.

Cuando regresaba a su casa en el tren, muy cerca de su pueblo, su novio casualmente se dirigía a casa de ella con un ramo de rosas y al cruzar el paso a nivel, (era tanta su alegría y enamoramiento que no oyó el fragor de la locomotora) fue embestido y falleció en el acto.

Rosaura conoció la desolación de una viuda sin serlo, pero no se resignó a abandonar su sueño y al mes siguiente del fatal accidente, regresó a la ciudad, pagó y recogió su traje de novia, pero se negó a abrir la caja para verlo.

El destino le sonrió años más tarde poniéndole en su camino a un hombre, con el que decidió casarse, aunque no lo amaba. Llegado el día de la boda, con el mismo o mayor entusiasmo e ilusión que antaño, fue a ponerse el traje y al abrir la caja encontró que las polillas se lo habían merendado: sólo quedaban briznas, hilachas, botones calvos de metal. Entonces recordó a su primer novio y lo maldijo por haberle fallado. Hoy, el sueño de Rosaura es un vestido aún más hermoso y caro, que llevará como mortaja, y ha decidido que esta vez lo mandará a confeccionar una semana antes de su muerte.

4.3.13

KATARZINA AND THE WIND


By Norberto Luis Romero

   Old Irenka lived obsessed. The story goes that as a child she was startled on the mountain by a strong wind that caught her and swept her a good way, flung her against the ravine, battering and bruising her somewhat, apparently nothing serious. She got up and ran as fast as she could against the wind, which had lessened, until reaching her house, where her mother washed her wounds and consoled her: The wind is a savage man, as savage as your father! And you’re small and thin. Don’t you see? You weigh less than sixty pounds, her mother, Jadwiga Bartolsik, said.
   The fact is that in a few months Irenka began to confess to a certain aversion each time a blow came up, an aversion that increased with the years, persisted through her youth, and became an authentic phobia. When the least breeze rose, she shut herself in, closed windows and doors, blocked the chimney with furniture, stuffed all crevices with newspaper, and didn’t go out until the blow was over. Her husband, Grzegorz, a hearty, sacrificing fellow, stoically put up with this mania, waiting outside the door or sitting on the porch until the wind stopped and his wife opened to him.
   You must get over it, Irenka, and also fatten up a bit, her mother advised constantly, but both things were impossible for her.
   When her parents died, she breathed easy, relieved: she would no longer have to worry because the heavy stones kept the wind from having its way. And when her daughter was born, Katarzina, unusually small and fragile, her fears and precautions redoubled. She asked Grzegorz to fasten the cradle to the floor with heavy nails. Every time she had to go out with the girl, she carried her in one arm and in the other a pail of stones she wouldn’t part with.
   The worst thing was that when Katarzina grew and began to go out to play with other children, she made her carry a small pail with stones as usual. Obviously, in that way Irenka instilled in her little one her own phobia, that she never leave the pail, never run or skip rope, with the normal inconveniences: a sprained wrist, exhaustion, etc; besides, the protests of the other kids for spoiling the game. Soon Katarzina found herself alone, nobody wanted to play with her with her pail of stones.
   If they don’t want to play, they don’t, you play alone but don’t forget your pail, your life depends on it, her mother advised. So the child substituted imaginary friends, dolls and meals for fun and played only with stones, lining them according to size and shape. She made balanced piles, rough little hills, lines like snakes, balanced pyramids. In time she took the stones to bed in case the wind blew violent; and she pinned down everything in the house with stones, used them as paper-weights to hold down tablecloths, utensils, plates; put them in her pockets tied to a cord.
   She never married. She scared off men with her mania, with her eternal pail hanging from her arm. The only suitor she had, Nikolai, a somewhat retarded boy, son of one Mrs Bujakiewicz, a fortune-teller and quack, left her shortly after becoming acquainted because she demanded that he carry the pail all the time, not to lose it. If the wind carries you away, let it take both of us, you and me, through the air together, she said. The boy left, though he was in love with her beautiful smile. With the pail, no, he said one day, and he left to work in the neighboring town.
  Katarzina grew old and left the bucket with the stones, forgotten. That’s what they thought in town when they saw her pass without it, with her slow, difficult walk, which had become a habit with her. If they had examined her clothes, they would have discovered many pockets, hidden folds in which she kept plenty of stones, stones flat as a blackboard and with no bulges.
   One cold day in early autumn, Katarzina left her house headed to market when a hurricane wind came up and struck the main square. Vegetables and fruit, sausages and cheese flew through the air, baskets of hot biscuits, half-finished shoes, lining cloth, crocheted laces, cages of canaries and parrots, straw hats. The neighbors grabbed anything they could to keep from being dragged off, mules and horses reared and whinnied, bristling with rage. No one noticed little Katarzina standing in the middle of a whirlpool of vegetables, bread, and sausages, whirling like a top on her rustic heels with her heavy skirts spread like a plate. Nobody saw when, lifted by the blow, she rose over the three-storey houses and the cathedral towers until she was lost from view. Even now, people ask what could have become of her. If they ventured deep into the forest and raised their gaze to the top of the hundred year old pine, they would see a kind of doll caught in the branches, worn and weathered by time, with an enormous smile across its wizened skull; and if, luckily, the north wind was blowing, they would hear the strange song coming through the empty sockets of its eyes.

Translated by H.E. Francis from the Spanish