Geboren in Córdoba, Argentinien, lebte lange Zeit in Spanien und lebt nun in Deutschland. Er ist Schriftsteller, Autor von Romanen und Kurzgeschichten, Regisseur und Professor für Film. Seine Geschichten erscheinen regelmäßig in renommierten Zeitschriften, Anthologien und Literaturmagazinen in Spanien, Argentinien, Mexiko, Chile, Peru, Kanada, USA, Italien, Frankreich und Deutschland. Er studierte Bildende Kunst an der Kunsthochschule Emilio Caraffa in Cosquín, Córdoba, Argentinien.

Natural de Córdoba, Argentina, ha vivido en España y actualmente reside en Alemania. Es autor de relatos, novelista, director y profesor de cine. Sus cuentos aparecen habitualmente en prestigiosos periódicos, antologías y revistas literarias de España, Argentina, México, Chile, Perú, Canadá, Estados Unidos, Italia, Francia y Alemania. Ha cursado Bellas Artes en la Escuela de Artes Emilio Caraffa de Cosquín, Córdoba, Argentina.

Norberto Luis Romero is an Argentine, now a citizen of Spain presently living in Germany. He writes a wide range of fiction -from realistic to extreme fantasy. His stories have been published in Spain, Argentine, France, Italy, Canada and the United States. This is his first book-length collection to appear in English. He writes a wide range of fiction- from realistic to extreme fantasy.

Originario di Cordoba (Argentina), risiede in Spagna dal 1975. La sua opera letteraria, che comprende racconti e romanzi, ha ricevuto riconoscimenti per lo stile diretto e agile e per le sue sorprendenti tematiche, mai convenzionali e sempre molto coraggiose.

7.2.13

CRÓNICA DE CONCIERTO EXÓTICO-SUDACA, CON LA CLAVE BIEN TEMPERADA Y DE CUYA VERACIDAD SE DUDA.


  
 Dicen que el músico hablador llegó al palacio proveniente del otro lado del Mar Océano, que vino en un barco envuelto en borrascas, él con toda su orquesta formada por 35 tías rigurosamente solteronas, casi todas ellas con bigote, salvo Lila; por varios perros flacos que eran de nadie y hablaban al viento; por muchas gallinas díscolas, y una multitud de sapos futboleros. Venía escapando de unos cuantos sietemesinos, entreverados con rachas de negrura, que asolaban los mapas del sur apareciendo de un día para al otro al ritmo de una marcha heroica desafinada. Dicen que esos sietemesinos eran sordos y le hacían la vida imposible porque no les gustaba su música, unas melodías que no estaban hechas ni para desfilar ni para sietemesinos sordos, sino para mulas y otros bichos del monte. Traía en un bolsillo una juanita, que había tenido la precaución de agenciarse a último momento, por si acaso, no fuera que en ese reino lo recibieran con cajas destempladas.
   En aquella sala magnífica, con suelos de mármol y cubiertas las paredes de retratos principescos y cortinajes rojos, estaban reunidos los músicos mayores del reino, todos ellos destacadísimos, vestidos con sus mejores galas, cada uno portador de laureles, cada uno con su instrumento sagrado, lustroso y afinado. El gran Músico Real salió a su encuentro, se presentó y le explicó que ellos habían heredado su arte musical de un tal Nebrija, y que amaban y obedecían a un rey heredado a la muerte de un sietemesino oscuro y desafinado. Cuando el músico hablador oyó lo del sietemesino notó que la juanita se revolvía en el bolsillo, metió una mano y la contuvo.
   ¿Y ustedes, que tocan?, preguntó en ese momento el gran Músico Real.
    Nosotros tocamos palabras y esas cosas… nada más.
    ¿Y usted es el que dirige?
    Bueno, en realidad soy el que los coordina y contiene, sobre todo a las gallinas, que son un poco revoltosas. Ellas tocan las preposiciones. Mis tías tocan los adjetivos, menos tía Lila, cuyo instrumento no se ve a simple vista; los sapos los verbos, por lo inquietos que son, los perros los adverbios... y así vamos tocando.
   Venga conmigo, dicen que le dijo el Músico Real, le presentaré a los demás músicos. Y mientras avanzaban entre los invitados, matizó: nosotros tocamos algo más que las palabras esas que usted menciona, interpretamos la verdadera gramática de Nebrija, llevamos años haciéndolo para gloria de nuestro Rey.
  Pero el músico hablador no escuchó esto último porque los zapatos, con un delicado y apenas audible rechinamiento, le advirtieron que estaban oprimiéndole los pies.
  Ese caballero de allí, dijo el guía señalando a un flaco encorvado, toca la sinécdoque. Y la señora que está hablando con él, el retruécano da gamba. Aquella rubia platino afina el pleonasmo, pero en realidad ella toca la metonimia de forma incomparable. Esos de allí, y señaló un grupo numerosos de petisitos, tocan los lugares comunes, son el bajo continuo de nuestras partituras. Y ésta es nuestra primera metáfora, agregó con marcado orgullo al llegar junto a una dama grandota y gorda, que miró al músico hablador desde la soberbia, a través del canalillo de su abundante busto.
  Pero el músico hablador no paraba de pensar en sus zapatos mientras deslizaba furtivas miradas hacia un grupo de individuos engolados, de ropajes estrafalarios y complicados sombreros. No dejó de observarlos hasta que no pudo aguantar más y preguntó:
  ¿Y esos señores, qué tocan?
  ¡Ah!, exclamó el Músico Real, esos son nuestros músicos mimados, son el alma de la orquesta, ellos interpretan las figuras retóricas.
   Ajá, respondió el músico hablador, rumiando dudas de que esta fuera la auténtica música de Nebrija. Y agregó con una sonrisa angelical: no, nosotros no tenemos esos instrumentos tan lindos de ustedes.
   Es una lástima… Bueno, y ahora enséñenos lo que usted toca, su música exótica, esa que nos trae desde el otro lado de la Mar Océano, le pidió el Músico Real. Nuestro rey está ansioso por escucharlo.
   Y dicen que el músico hablador hizo una leve seña con una mano a sus músicos empezaron a tocar las palabras suavemente, el coro de gallinas y sapos secundó la melodía sin desafinar una nota, las tías solteronas estuvieron sublimes, tanto que al terminar fueron cortejadas por los otros músicos, todas salvo tía Lila, que se mantuvo apartada discretamente.
   ¿Y, qué le pareció?, preguntó el músico hablador al Real.
   Sublime, contestó éste.
  Pero dicen que los hombres del palacio no oyeron nada, aplaudieron por pura costumbre, porque la melodía había sido muy suave, casi silenciosa como una siesta, y las palabras no pudieron abrirse paso en el aire denso y almibarado del palacio. Según salían de la boca, volaban unos metros y caían al suelo como fulminadas.
  Otros dicen que lo ocurrido en realidad fue que los de aquel palacio no tenían los oídos afinados para oír el silencio, y por puro hábito habían manifestado asombro y gratitud por los músicos venidos desde tan lejos; pero pronto guardaron sus instrumentos y se marcharon de allí sorteando las palabras que agonizaban cubriendo el suelo de mármol y las alfombras, dando saltitos para no pisarlas. Y que las tías, los sapos, las gallinas y los perros se pusieron a juntarlas y guardarlas de tan bonitas que eran.
  Cuando el músico hablador se quedó a solas, dicen que en un despliegue de flexibilidad, giró sobre sus propios talones y se encaminó a una mesa en un rincón apartado, se quitó los zapatos que le incomodaban, los dejó a un lado y se sentó a ella. Dicen que sacó la juanita del bolsillo, la puso en la mesa y comenzó a contarle la música esa del gran Nebrija, la verdadera.
  También dicen -aunque es posible que no sea verdad- que ambos siguen allí, y que la juanita perdió su olor nauseabundo y ahora huele a valle, y que al músico hablador un desaprensivo cortesano le robó los zapatos.

Norberto Luis Romero, Llucmajor, enero de 2012.

(Este texto fue redactado exclusivamente para la edición crítica de la novela de Daniel Moyano "Tres golpes de timbal", en la ciudad de Córdoba, Argentina, en 2012).