Geboren in Córdoba, Argentinien, lebte lange Zeit in Spanien und lebt nun in Deutschland. Er ist Schriftsteller, Autor von Romanen und Kurzgeschichten, Regisseur und Professor für Film. Seine Geschichten erscheinen regelmäßig in renommierten Zeitschriften, Anthologien und Literaturmagazinen in Spanien, Argentinien, Mexiko, Chile, Peru, Kanada, USA, Italien, Frankreich und Deutschland. Er studierte Bildende Kunst an der Kunsthochschule Emilio Caraffa in Cosquín, Córdoba, Argentinien.

Natural de Córdoba, Argentina, ha vivido en España y actualmente reside en Alemania. Es autor de relatos, novelista, director y profesor de cine. Sus cuentos aparecen habitualmente en prestigiosos periódicos, antologías y revistas literarias de España, Argentina, México, Chile, Perú, Canadá, Estados Unidos, Italia, Francia y Alemania. Ha cursado Bellas Artes en la Escuela de Artes Emilio Caraffa de Cosquín, Córdoba, Argentina.

Norberto Luis Romero is an Argentine, now a citizen of Spain presently living in Germany. He writes a wide range of fiction -from realistic to extreme fantasy. His stories have been published in Spain, Argentine, France, Italy, Canada and the United States. This is his first book-length collection to appear in English. He writes a wide range of fiction- from realistic to extreme fantasy.

Originario di Cordoba (Argentina), risiede in Spagna dal 1975. La sua opera letteraria, che comprende racconti e romanzi, ha ricevuto riconoscimenti per lo stile diretto e agile e per le sue sorprendenti tematiche, mai convenzionali e sempre molto coraggiose.

23.4.12

También hoy es el día del libro artesanal y el libro objeto. "Las Puertas del Hacedor" brinda con un cóctel de papel, cartón, palabras y una buena guinda de imaginación, y anuncia a sus dos próximos autores: José Luis Gracia Mosteo y Mercedes Roffé. ¡Salud!

6.4.12

Se dice de "Tierra de bárbaros"


Esta novela nos habla del otro lado del océano: la tierra de cuyos bárbaros nos cuenta una historia (plagada, a su vez, de otras pequeñas historias personales) es Argentina, país de origen del autor. Y el tiempo: 1835, entre el primer gobierno de Juan Manuel de Rosas, líder de los «colorados» federalistas y el segundo. La tensión entre los unitaristas y los federalistas se mastica, flota en el aire. En el interior del país, las provincias dominadas por el General José María Paz, habían formado la Liga Unitaria (Mendoza, Córdoba, Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja, San Luis, San Juan, Salta y Tucumán) mientras las provincias del Litoral (Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes) y Buenos Aires, de tendencia federal, formaron la Liga del Litoral, de tendencia federalista. Al mismo tiempo, Buenos Aires, a pasos agigantados está convirtiéndose en una gran ciudad, acogiendo constantemente a un enorme contingente de nuevos habitantes, emigrantes del viejo continente, aventureros, trepadores, esclavos huidos, entre otros que intentan abrirse paso en el nuevo país, y hacer fortuna, trabajar, crear lo que en la vieja Europa no han podido y sueñan con unos espacios nuevos donde vivir.

Con ese escenario como marco, se desarrolla la acción de la novela. Por un lado, las familias de la alta sociedad, con mezcla de sangres británica y española, cuyas jóvenes damas se aburren soberanamente y sólo desean fiestas y meriendas, diversiones y espectáculos. Y planifican una fiesta, que será el mac guffin, la excusa para contarnos la otra historia. Quieren dar una soirée que llame la atención, sonada, y se les ocurre una idea que moviliza hasta el ejército. A raíz de la fiesta y lo que ocurre aquella noche, la magia invade los cuerpos de las jóvenes tanto casadas como solteras, inflamándolas de ardores desenfrenados, cuyas consecuencias son imprevisibles.

Por el otro, una suerte de personajes marginales recorre, entrelazándose con la historia principal, las páginas del libro. Personajes que rozan lo esperpéntico y lo surrealista: las apestosas monjas Adoradoras del Cuerpo Incorrupto, envueltas en trapos y con cinturón de castidad; el lúbrico y maquiavélico monseñor Villaviciosa; Fray Narciso, desbordado por la exuberante naturaleza; el gaucho Facundo Quiroga y sus amores con Severa Villafañe; la negra Prudencia, nanny de Dorothy; la adivina Agostinha y el mulato timador Bernardinho; la misteriosa Aurora Fresneda, y su encuentro con el tigre; en fin, ellos y otros conforman una historia de historias que reproduce el ambiente de la ciudad porteña, de grandes contrastes pero atractiva y cautivadora, como el olor de las magnolias o la atracción de la yerba mate. De hecho, podrían brotar muchas novelas de ésta, puesto que contiene gérmenes de otras tantas historias de las que nos gustaría saber más y apenas nos muestra un breve tramo.

El eje central de la narración es la fiesta que Dorothy y sus amigas (Alberta, Blanca, Celeste y Rosalia) quieren ofrecer a la dividida sociedad porteña en la casa ―antes azul, ahora colorada― de los Carballido. Y no paran hasta conseguir un sorprendente objeto de la atención pública. Pero ese objeto trae una maldición y el final es imprevisible y dramático. Entiendo que la narración, aunque enmarcada en hechos y algunos personajes reales, tiene un marcado cariz simbólico de la historia de esta nación, que tanto recuerda a la metrópoli, en cuanto a los patrones políticos: la drástica división en dos partes, la opinión cambiante de muchos sectores que pasan de un lado a otro según sople el viento. Y todo ello, en el incomparable marco americano, Buenos Aires, Córdoba, la pampa, todo un mundo lleno de bellezas y crueldades, amores y odios, violencias y pasiones en una época revuelta como fueron los comienzos de la Argentina recién independizada de la madre española.

Bien escrita, bien conjuntadas las múltiples historias, llena de los sonoros y llamativos términos del español americano, Tierra de bárbaros es una novela llena de encanto e interés, que nos transporta a mundos plenos de exotismo y al mismo tiempo, que reflejan el origen español. Mezcla de humor y dramatismo, de pintorescas descripciones y de dramáticos alegatos por la libertad en un pueblo donde acaban resolviéndolo todo a vida o muerte, facón en mano.
Ariodante, 4/4/2012
 

2.4.12

XILÓPHAGOS



Vienen a verme dos o tres veces al día. Inútilmente me hablan, porque no les contesto. No se contentan con observarme cada día, vigilando y controlando mi estado, además me tocan: comprueban con sus dedos mi blandura o dureza, hasta hacerme daño. Creen que no los oigo y murmuran delante de mí, piensan que como no puedo hablar tampoco puedo oírlos, pero se cuidan muy bien de hacer comentarios hirientes que puedan asustarme, ignoran que nada me preocupa, que únicamente yo comprendo qué me está pasando, aunque sea el primero de la familia a quien le ocurre esto. No sé si están o no verdaderamente preocupados por mi bienestar o si es mayor su extrañeza y curiosidad por ver cómo acabará todo esto. No saben nada de nada: nunca creyeron cuando les alerté de estos asuntos ni se preocuparon de leer un libro sobre estos temas.

La mañana que me encontraron cabeza abajo, colgado de este viejo y enorme árbol, la primera reacción que tuvieron fue la de intentar despegarme de la rama y, acto seguido, mandar a buscar al doctor Arregui. Todavía me era posible hablar, mis labios no habían desaparecido del todo, ni me habían salido estos dientes, y les farfullé que me dejaran en paz, que esto no entrañaba peligro, que era cuestión de dejar que la naturaleza siguiera su curso, y los conminé a que cerraran la boca y se olvidaran del doctor Arregui y sus remedios caseros. Ellos, a mis espaldas, hicieron lo que les dio la gana y lo llamaron. El hombre no se inmutó al verme, siempre con su cara de cartón engrudado, la misma que usa para felicitarnos las pascuas o para comunicarnos que una enfermedad nos llevará a la tumba, pareció reflexionar largo rato y concluyó que consultaría a un colega experto en biología, que él no entendía bien de estas cosas, pues era el primer caso que se le presentaba. Al día simiente, aparecieron los dos en el patio, muy puestos ellos, con libros bajo el brazo y con toda mi familia detrás, incluida mi hermanita. Pero fue suficiente una mirada inflexible del doctor Arregui y dejaron solos a sus eminencias, volvieron a la casa rezongando por lo bajo y se apostaron en las ventanas.

Los oía cuchichear discutiendo seriamente y distinguía sus figuras borrosas consultando los libros que habían traído. Me tocaron varias veces, me palparon aquí y allá, me pellizcaron suavemente, y acercaron sus caras para verme mejor los ojos velados por el tegumento y los dientes, que parecieron llamarles mucho la atención. Quisieron saber si podía hablar o responder de alguna u otra manera a sus preguntas. Naturalmente todavía podía hacerlo, pero no les dije nada y me quedé más quieto que nunca. El que era experto en biología en determinado momento abrió su maletín y sacó un bisturí que vi destellar bajo el sol, pero el doctor Arregui, medico de la familia desde hace tantos años, lo detuvo con una mano en alto. Temí por mi vida y por la tranquilidad de mi familia; los médicos son capaces de las mayores atrocidades, entre las que estaría la de exhibirme ante sus discípulos o la de meterme en una vitrina y destinarme al museo de la facultad. Afortunadamente pronto parecieron aburrirse, se fueron de allí sin mayores aspavientos y se limitaron a volver cada dos o tres días y controlar mi evolución. Los lunes me tomaban la temperatura y me auscultaban, consultaban siempre los mismos manuales y contendían un poco, pero por pura inercia profesional.

Tía Laura, que es sordomuda, lloraba a menudo y ocul­taba las lágrimas con un pañuelo. Pero era quien más me sonreía, como Intuyendo, sin comprender, que yo podía verla todo el tiempo a través del tejido de seda; mis párpados se habían hecho tan delgados y transparentes.

Papá y mamá han procurado desde el primer momento que mi hermanita no se me acercara mucho y pretendiera pegarme o arrojarme una piedra. Pero ella es buena, e inocente y acepta esto con la mayor naturalidad. Cuando no la vigilan se escapa y viene a mí y me habla, y acaricia con sus manos pequeñas y cálidas, me cuenta cuentos que ella misma inventa y que por lo general no guardan mucho sentido. Los hace con retazos de otras historias que conoce y les agrega detalles de su propia inventiva; siempre hay pájaros y príncipes encantados, brujas y princesas cautivas.

A cualquier hora del día a menudo venían los vecinos con alguna excusa, una herramienta prestada o una cebolla que me falta para la tortilla, y deslizaban miradas furtivas hacia el patio, hasta que mi madre los invitaba a pasar y que viesen qué le estaba sucediendo a su hijo. Tímidos y temerosos en un primer momento terminaban tocándome por todos lados y hablándome corno si fuera un crío. Me daban ganas de romper la membrana y sacar un puñetazo. Con el tiempo se aburrieron de verme inmóvil, siempre con la misma apariencia, quizás desilusionados porque no hacía ni cabriolas ni me retorcía corno un gusano. Querían ser discretos, pero se les escapaban no se qué cosas horribles que me vaticinaban un futuro monstruoso. Todos daban su opinión y consejo: desde cataplasmas hasta las señas de una curandera.

Mamá se ha resignado a verme en el mismo estado cada mañana, papá, en cambio, no sale de su asombro; parece no poder aceptarlo y no deja de murmurar:

-Todavía está aquí colgado de esta forma.

Quisiera tranquilizarla, pero mi boca hace días que ha desaparecido completamente y los brazos y las manos ya no me obedecen.

Cada vez que aparecen nubarrones por el sur, tía Laura viene y me cubre con una gabardina vieja que fue de su marido. En cuanto empieza a llover el impermeable, empapado, pesa tanto que cae al suelo. Siento el agua resbalar por todo mi cuerpo refrescándolo y dejándolo limpio. Ellos me miran desde la ventana preocupados, con las narices pegadas a los cristales, elucubrando resfríos, gripes o pulmonías. En cuanto escampa y sale un poco el sol, está aquí tía Laura provista de trapos y bayetas para secarme mientras mi padre llama al doctor Arregui para que vea si aún sigo bien de salud. Éste me toma la temperatura, me ausculta y ellos por fin se quedan tranquilos y retornan a sus quehaceres cotidianos.

Anoche, algo me sacó del sueño. A la luz de la luna vi a mi hermana pequeña, que cogía una escalera del galponcito, la traía hasta aquí, la apoyaba en el tronco y, cautelosamente, trepaba al árbol. Al pasar a mi lado me dijo:

- Vengo a hacerte compañía.

Y se sentó justo en la rama de la que estoy prendido. Temí que pudiera caerse, pero pronto comprendí que nada podía sucederle, pues con habilidad trepó hacia lo más alto del árbol y, en perfecto equilibrio, con los brazos extendidos en cruz, se aventuró por una rama robusta hasta llegar al extremo donde se sentó, produjo una sustancia pegajosa y comenzó a deslizarse cabeza abajo, procurando que sus pies se mantuvieran fuertemente adheridos, hasta que quedó suspendida en el vacío como una gran fruta, a unos dos metros del suelo. Inmóvil como antes nunca la había visto, cruzó los brazos sobre el pecho, me sonrió, cerró los ojos, me enseñó con orgullo unos incisivos incipientes, y su cuerpo comenzó a cubrirse de un tenue sudor blanquecino.

Como cada mañana tía Laura apareció en el patio nada más levantarse. Al vernos se llevó las manos a la boca intentando ahogar un grito. Al pié del árbol, como si hubiera sido clavada en la tierra, nos miraba alternativamente a mi hermana y a mí, dudando de su propia cordura, de la realidad, de los sueños. Advirtió mis tiritonas y vino corriendo. Sentí sus manos cálidas y nerviosas, diestras a pesar de lo inusual del caso, ayudándome a desgarrar el tejido.

Esa fue la última vez que la vi, porque rápidamente abrí a dentelladas un agujero en el tronco y por él me introduje hasta el negro corazón del árbol.