Geboren in Córdoba, Argentinien, lebte lange Zeit in Spanien und lebt nun in Deutschland. Er ist Schriftsteller, Autor von Romanen und Kurzgeschichten, Regisseur und Professor für Film. Seine Geschichten erscheinen regelmäßig in renommierten Zeitschriften, Anthologien und Literaturmagazinen in Spanien, Argentinien, Mexiko, Chile, Peru, Kanada, USA, Italien, Frankreich und Deutschland. Er studierte Bildende Kunst an der Kunsthochschule Emilio Caraffa in Cosquín, Córdoba, Argentinien.

Natural de Córdoba, Argentina, ha vivido en España y actualmente reside en Alemania. Es autor de relatos, novelista, director y profesor de cine. Sus cuentos aparecen habitualmente en prestigiosos periódicos, antologías y revistas literarias de España, Argentina, México, Chile, Perú, Canadá, Estados Unidos, Italia, Francia y Alemania. Ha cursado Bellas Artes en la Escuela de Artes Emilio Caraffa de Cosquín, Córdoba, Argentina.

Norberto Luis Romero is an Argentine, now a citizen of Spain presently living in Germany. He writes a wide range of fiction -from realistic to extreme fantasy. His stories have been published in Spain, Argentine, France, Italy, Canada and the United States. This is his first book-length collection to appear in English. He writes a wide range of fiction- from realistic to extreme fantasy.

Originario di Cordoba (Argentina), risiede in Spagna dal 1975. La sua opera letteraria, che comprende racconti e romanzi, ha ricevuto riconoscimenti per lo stile diretto e agile e per le sue sorprendenti tematiche, mai convenzionali e sempre molto coraggiose.

27.2.12

UN EXTRAÑO E N EL GARAJE



Texto de Norberto Luis Romero e ilustraciones de Santiago Lara. Del Centro Editores. Madrid. 2012. Primera edición. Edición totalmente artesanal de cien ejemplares firmados y numerados por el autor y el ilustrador, impreso en papel Fabriano de 160 g, en rama, carpeta revestida en tela y papel estampado.
Puede adquirirse en:

18.2.12

Edición especial bibliófilo

presentación del libro

UN EXTRAÑO
EN EL GARAGE
  con ilustraciones de
SANTIAGO LARA

 La presentación estará a cargo de

ROSALBA CAMPRA, escritora y
especialista en literatura hispanoamericana
SANTIAGO LARA, ilustrador
NORBERTO LUIS ROMERO, autor
CLAUDIO PÉREZ MÍGUEZ, editor

Un extraño en el garage Texto de Norberto Luis Romero e ilustraciones de Santiago Lara. Del Centro Editores. Madrid. 2012. Primera edición. Edición totalmente artesanal de cien ejemplares firmados y numerados por el autor y el ilustrador, impreso en papel Fabriano de 160 g, en rama, carpeta revestida en tela y papel estampado. ISBN: 978-84-92816

Jueves 23 de febrero, 20 h
ENTRADA LIBRE Y GRATUITA

Galileo, 52
28015 Madrid

14.2.12

SAMARCANDA


Las ciudades y los sueños

Samarcanda no es sólo una ciudad: son dos. Una de ellas, evidente a los ojos. La otra, oculta y secreta, de la cual únicamente yo soy capaz de escuchar sus mínimos rumores soterrados y adivinar sus calles empedradas y sus palacios fastuosos.
La Samarcanda visible a nuestros ojos, somete de continuo a la otra opuesta, enterrada y simétrica; como si de un reflejo se tratase. Leves indicios diferencian a una de la otra: el rubor de una rosa en los amaneceres de mayo; algún grano de arena en sus playas, apenas más húmedo que el resto; los reflejos tornasolados en el pelaje dorado de un felino; la cocción más prolongada de una teja de barro en un techo a dos aguas...

La rebelión de aquella Samarcanda sepultada comenzó en el preciso momento en que una imagen reflejada en un espejo, contradijo al modelo perfecto, proyectándose de forma no invertida. Fue cuando esta ciudad esclava percibió por vez primera la posibilidad de individualizarse, de adquirir carácter autónomo y de acometer su independencia posible. Antes que los hombres lo hicieran, la naturaleza y los objetos creados por el hombre advirtieron de inmediato esta alteración, entreviendo la posibilidad de liberarse de la antigua esclavitud -casi cosmogónica- que la ciudad ejercía sobre ellos. Y al espejo rebelde se sumaron otros objetos que contradijeron los arraigados hábitos simétricos: una taza de fina porcelana se agrietó, mientras que la otra -la de la superficie- permanecía intacta. Una cortina de bambú no llegó a enrollarse en su totalidad, dejando penetrar furtivos rayos de sol que iluminaron un rincón de la estancia, hasta ese momento siempre a oscuras. Sus habitantes, en cambio, tardaron en cobrar conciencia de esta cualidad y continuaron comportándose según la costumbre: sometidos a los hábitos de los hombres de la otra Samarcanda: la de apariencias reales y concreta arquitectura.

Sin dudas la mayor alteración que constituyó el motivo del cambio profundo fue una clepsidra, que aceleró su ritmo con respecto al de la otra, y el tiempo se fue desplazando de forma apenas perceptible en una de las Samarcanda. A lo largo de los años, este desfase, se hizo más pronunciado y fue entonces cuando los hombres de una de ellas, la soterrada, lo advirtieron al descubrir una mañana sus cabellos más blancos, mientras que en la cabeza de los hombres de la superficie, perduraba el negro más intenso.
La verdadera Samarcanda, la de siempre, aquella dada por legítima y única, no tardó en verse invadida por el temor a la otra, cuyo ritmo, acelerado por la clepsidra, amenazaba ganarle en magnitud hasta superarla.
Los hombres no comenzaron a desesperar, hasta que no advirtieron el distanciamiento de sus dobles: eran como desprendimientos de ellos mismos, que los hacían sentirse mutilados en su esencia: como incompletos y con un sentimiento de pérdida similar al de la muerte de un ser querido. Aun así, tampoco creyeron en la posibilidad de una rebeldía absoluta y definitiva: pensaron en un estado de alteración pasajera, en un desequilibrio momentáneo en el régimen de las leyes naturales que hasta entonces habían sido imperecederas y estrictas.
Por su parte, los habitantes de la Samarcanda subterránea, hicieron caso omiso de las inquietudes de los otros, y acabaron por magnificar aún más las diferencias. Deslumbrados ante la posibilidad de una libertad antes desconocida, no tardaron en desear aventurarse a la ciudad de la superficie, transgrediendo así las fronteras, ahora confusas, que nunca antes habían percibido como tales. Fue a partir de ese momento cuando las cosas comenzaron a hacerse evidentes e intolerables, cuando los ruidos y olores de la una se metieron en la hasta entonces inviolable serenidad de la otra, alterando su equilibrado ritmo milenario.
El rechazo ante estos indicios extraños fue, en un principio, mediante la indiferencia, llegando a manifestarlo en forma violenta, únicamente cuando su presencia comenzó a superar en número a los de la otra, creando continuas confusiones. Fue entonces cuando surgieron reyertas en una ciudad hasta entonces tranquila.
La Samarcanda que todos conocemos actualmente, y a la que estamos habituados, no es la original: es la que surgió del abismo y fue ganando terreno a la primera; es una indiferenciada mezcla de ambas. Ahora, la verdadera ciudad original es aquella primitiva que yace enterrada a sus pies, y que vive independiente de los movimientos de ésta.
Consciente de su inferioridad, la Samarcanda de la superficie aceleró el ritmo de sus relojes de tal modo que, en pocos decenios, igualó e incluso pudo superar a aquella otra soterrada.


Con el tiempo volverán a igualarse y también a superarse mutuamente. Su lucha continuará mientras cualquiera persista en su existencia y arrogancia: su destino será la eterna competencia y permanente sumisión la una de la otra.
Los hombres que en ninguna de ellas habitamos, siempre creeremos en una única Samarcanda vital, que, en su rutina, se expande y cambia de continuo, como si librara alguna fragorosa contienda consigo misma.
No es difícil advertir que en Samarcanda sus habitantes envejecen prematuramente, que los objetos se deterioran con enorme facilidad y que las flores se cierran a los pocos instantes de haberse abierto. La vida es tan acelerada en Samarcanda que el nacimiento lleva implícita la muerte desde la infancia. Argüir su final es muy simple: ambas, en su puja por superarse mutuamente, reducirán el tiempo a cero, haciendo que sus habitantes mueran sin haber nacido.
De ellas nos quedarán sus calles adoquinadas, sus templos majestuosos e inútiles, los objetos de uso cotidiano profundamente enterrados, las tablillas de arcilla con su indescifrable escritura. Con la apariencia de una ruina más, su arquitectura perdurará detenida en el tiempo para siempre.
 
De "Canción de cuna para una mosca doméstica", 1995

4.2.12

Una marca redonda, como una moneda


Tuvo la amarga certeza de que no había sido un sueño porque al despertar, bañado en sudor y con el corazón acelerado, la marca estaba allí, en el hombro derecho. Del tamaño de una moneda de dos centavos, parda, con un aura rojiza que con el paso de los días se iría diluyendo. Y, naturalmente, decidió no decírselo a nadie, ni siquiera a su madre, porque no le creería y encima lo retaría.

Si te quedaras un poco quieto, y tú y tus amigos no fueran tan burros…

A medida que fue tranquilizándose, la esperanza de que sólo fuera un moretón, la huella de un golpe que no recordase, cobró forma en su mente y apartó el recuerdo del mal sueño. La mañana anterior, que no había habido clases por una huelga de maestros, la había pasado jugando con amigos en la canchita vecina a su casa, y la verdad, no habían estado mansos a la hora de elegir la diversión, trepados a los árboles, todos acabaron más de una vez por los suelos, uno de ellos a punto de partirse un brazo al caerse de un duraznero.

Seguro se trata de un moretón, se dijo, convencido.

Pero su certeza se desvaneció a la semana, cuando el presunto cardenal enseñaba una superficie de contornos muy definidos y se notaba más oscurecida. Posteriormente, y cuando ya llevaba esquivadas numerosas preguntas de su madre, extrañada de su ensimismamiento y escasa actividad, aparecieron ligeras depresiones en la piel de la mancha, algo así como la textura de la superficie lunar.

¿Y aquello fue un sueño?, volvió a interrogarse. No, había ocurrido algo mientras dormía, y no precisamente un sueño, alguien o algo le había hecho esa marca tan rara. Si recordara mejor lo soñado…, pero el sueño se había fugado en el momento de despertar, quizás debido al choque, al violento encontronazo que se dieron el sueño y la vigilia.

Según fue diluyéndose la aureola de la marca, en su interior circular, en lo que parecía el dibujo de la luna, fue apareciendo la silueta de un animal impreciso. Y se trataba de un animal, de eso no podía haber duda, porque tenía más de cuatro extremidades. Pero, ¿podía decirse que realmente fueran extremidades?, porque para serlo parecían demasiado largas y delgadas. ¿Acaso un Insecto?, se preguntó, mirándose el hombro con dificultad, pues le dolía el cuello de tanto forzar la postura.

Una mañana decidió romper el silencio y decírselo a su madre.

Es un moretón, de dijo ésta. Si fueras menos brusco, vos y tus amigos…

¿Vas a ponerme en penitencia?

No, pero tienen que tener más cuidado con los juegos, no ser tan brutos.

En el fondo no se tranquilizó, continuaba pensando que no era un moretón corriente, que esa señal era algo que le habían hecho en el sueño. Más se convenció cuando interrogó a sus amigos con la esperanza de que le dijeran que ellos tenían marcas similares y apoyaran la teoría de la magulladura, pero poco caso le hicieron, no quisieron ver la marca y contestaron que ellos no tenían nada. Sólo el más chico, al que poco o nada dejaban participar, se le acercó y, descubriéndose el brazo y señalando lo que parecía una vulgar verruga, le dijo.

Esto me lo pusieron unos señores.

¿Qué señores?

No lo sé. Unos hombres…

Pero en ese momento su hermano mayor lo agarró de un brazo y se lo llevó a la rastra. Era la hora de la comida. Antes de desaparecer tragados por la bocacalle, el chico se dio la vuelta y le gritó:

Yo creo que es un tornillo.

A solas en su cuarto, la luz del velador daba de lleno en la señal y reparó en la textura, en un ligero relieve que evocaba un botón, una ruedecilla o un engranaje, porque lo que le habían parecido patas de un insecto ahora conformaban tal vez los rayos de una rueda y eran duros al tacto, demasiado duros.

¿Qué pasa con mi piel?

En el vientre descubrió parte de la respuesta. Había un sol intenso y la luminosidad era esplendorosa, cegadora, cuando estaba sentado en una piedra junto al río, con los pies desnudos en el agua refrescante y cristalina, el torso desnudo que el sol besaba. Su barriga plana de niño era dorada y en el centro una depresión abismaba el ombligo. Pero allí no estaba el habitual ombligo, aquel resto del nudo que lo separó un día de forma definitiva de su madre estaba ahora ocupado por lo que parecía una esfera de metal. Se estremeció, la sangre se le agolpó en las sienes, porque en ese mismo instante, quién sabe si a causa del destello que la luz reflejó en aquella pieza metálica, su mente vislumbró por vez primera una imagen fugaz de lo ocurrido en aquel sueño: un escalpelo reflejaba la intensa luz procedente del techo.

Pegó un grito de miedo y cerró los ojos. Se negó a seguir viendo su vientre con ese objeto plateado asomando por el ombligo.

¡Me metieron metales en el cuerpo, me rellenaron de piezas de relojes u otros artificios, de engranajes, resortes, piñones, coronas, poleas, ejes, bielas, cremalleras! ¡Y están haciendo de mí un autómata!, se dijo, con lágrimas en los ojos. Tal vez fueran las voces grises del miedo, o quizá fuera realidad, el caso en que en ese preciso momento le pareció oír balbuceos metálicos en su vientre, como si múltiples duendes secretearan en sordina, voces ásperas, chirriantes, ahogadas o lejanas. Se miró las manos abiertas, dispuestas a la plegaria si hacia falta, pero no vio nada nuevo en ellas y las besó con ganas. Se puso la camisa, las zapatillas y corrió hasta su casa, dispuesto a corroborar su aspecto en el espejo: si seguía siendo o no el mismo, si sus ojos no se habían vuelto de vidrio y sus mejillas de dura porcelana. Le aterraba verse convertido en una máquina, diferente de los otros niños, transformado en un fenómeno de feria, y lo peor de todo: hecho un ser frío, sin sentimientos ni emociones.

Para su tranquilidad, el espejo le devolvió el acostumbrado reflejo. No vio en su cara indicios de metales u otros materiales que no fueran humanos. Volvió a mirarse la barriga y allí estaba el botón, con un aspecto menos mineral, y al tocarlo descubrió que se metía hacia adentro y quedaba completamente oculto. Sintió alejado el peligro y suspiró aliviado: su madre no lo notaría.

Pero las noches se le hacían eternas y difíciles, pues extraños murmullos sonaban en el interior de su cuerpo aunque estuviera quieto, como si un ejército de seres diminutos trabajara incansable, sin pausa, presuroso por acabar algo. Notaba sus carreras a lo largo del torso, el empeño en ir más allá de su vientre penetrando en las venas mayores de las extremidades para alcanzar su meta… ¿pero dónde estaba la meta? ¿Dónde querían llegar?

La mañana lo encontraba cansado, sin ganas de hacer nada, únicamente de escapar lejos, salir de la casa, evitar el riesgo de que su madre descubriera estos cambios, la nueva consistencia interior.

Una vez se cruzó con su amigo en la calle, quien llevaba a la rastra al hermano pequeño de la mano y fue cuando vio con claridad qué estaba ocurriendo. Él no es el único niño, pensó sin salir del asombro, somos todos, todos los niños estamos siendo invadidos por máquinas, máquinas que se desarrollan en el interior del cuerpo, éstas se generan desde el vientre o el corazón y van apoderándose de todos los órganos en su camino hacia la superficie, hacia la piel y las facciones humanas, y van sustituyendo con sus piezas metálicas los blandos, cálidos y frágiles componentes naturales.

A pesar del calor del estío, su amigo y el hermano intentaban escabullir su aspecto con guantes, gorras de lana caladas hasta los ojos y absurdas bufandas que le cubrían la boca. Pero el mayor descuidó algo muy importante, o tal vez lo pillara por sorpresa: cuando al saludarlo de mala gana y al vuelo de la huída, su voz fue un crujido de engranajes, bocinas y fuelles.

Todo se había generado a partir de un sueño, tal vez no fuera un sueño, alguien le introdujo la semilla metálica, esa marca redonda que fue el comienzo, que lo empezó todo y habría de convertirlo, poco apoco, en un androide escandaloso, en un muñeco sin voluntad como pinocho, en un robot que habría de arrastrar cables por toda la casa.



Fue descubriendo en el interior de su cuerpo, piezas metálicas que iban en aumento sustituyendo órganos, huesos, nervios, tendones, incluso podía entreverlas a través de la piel del vientre y en la cara interna de los brazos, donde la piel es más fina; el botón del ombligo se negó a replegarse, fastidiado y rebelde, recuperó su aspecto mineral e incluso brilló como si ardiera una luz rabiosa en su interior; también se notó más gravado al andar, con dificultades para subir las escaleras de su casa, y más torpe a la hora de jugar con sus amigos, si bien estos se rehuían unos a otros, avergonzados o temerosos de ser descubiertos. Mantuvo su secreto, no dijo nada, temía perder el amor de su madre, y sólo con pensarlo se angustiaba y era peor, porque el botón del ombligo comenzaba entonces a zumbar muy bajito cuando esto ocurría; y entre el zumbido y el llanto hiposo, no tardaría su madre en subir a su habitación preocupada. Prefería padecer el miedo de convertirse en máquina a confesarle a su madre qué le estaba ocurriendo, porque estaba seguro de que ésta no querría tener un hijo mitad humano mitad máquina, un hijo como el hombre de hojalata.

¡Se irá, me dejará abandonado en esta casa! Era su miedo, su angustia que lo atosigaba noche y día.

Se veía sólo, sin nadie que lo cuidara si caía en cama enfermo, hostigado por los vecinos cada vez que saliera a la calle, donde le gritarían “¡niño chatarra, niño chatarra!”, intentarías pegarle imanes a la piel por divertirse y le arrojarían piedras y otros objetos pesados, todo para ver cómo sonaban al golpearlo.

Y esa misma tarde, cuando estaba próxima la hora del baño, le anunció a su madre que lo haría él solo.

Está bien, le respondió ella. Ya eres mayor y es hora de que te baños solo, pero no dejes de lavarte bien detrás de las orejas.



Pero la angustia era grande, se acumulaba y crecía en el pecho amenazando con desplazar las piezas de metal invadiendo su espacio, saturar de ansiedad los engranajes, enredar las hilachas del recelo en los ejes, bloquear las poleas con su magnitud y acabar paralizándolo.

No podía soportarlo. Mantuvo oculta su nueva condición con mil excusas hasta que no pudo más, y una tarde, cuando regresó de jugar en la calle con algún que otro niño cuyo aspecto o sus ruidos mucho hacían sospechar que no era del todo humano, entró en la casa corriendo y se abrazó fuertemente a su madre, confesándole entre sollozos lastimeros qué le estaba ocurriendo, y mientras ella lo consolaba convenciéndolo de que no era más que una absurda obsesión fruto de un mal sueño, y percibía todo el calor y la vehemencia del amor maternal a través de su piel alterada con diminutos remaches, vio en la nuca de ella una huella redonda en la que se perfilaba un animal de ocho patas, ¿o era un engranaje?

Sin abandonar el tierno brazo de su madre, poco a poco fue disminuyendo el llanto, y no volvió a sentir miedo.
De "El hombre en el mirador". Ed. Progreso, México, 2008