Geboren in Córdoba, Argentinien, lebte lange Zeit in Spanien und lebt nun in Deutschland. Er ist Schriftsteller, Autor von Romanen und Kurzgeschichten, Regisseur und Professor für Film. Seine Geschichten erscheinen regelmäßig in renommierten Zeitschriften, Anthologien und Literaturmagazinen in Spanien, Argentinien, Mexiko, Chile, Peru, Kanada, USA, Italien, Frankreich und Deutschland. Er studierte Bildende Kunst an der Kunsthochschule Emilio Caraffa in Cosquín, Córdoba, Argentinien.

Natural de Córdoba, Argentina, ha vivido en España y actualmente reside en Alemania. Es autor de relatos, novelista, director y profesor de cine. Sus cuentos aparecen habitualmente en prestigiosos periódicos, antologías y revistas literarias de España, Argentina, México, Chile, Perú, Canadá, Estados Unidos, Italia, Francia y Alemania. Ha cursado Bellas Artes en la Escuela de Artes Emilio Caraffa de Cosquín, Córdoba, Argentina.

Norberto Luis Romero is an Argentine, now a citizen of Spain presently living in Germany. He writes a wide range of fiction -from realistic to extreme fantasy. His stories have been published in Spain, Argentine, France, Italy, Canada and the United States. This is his first book-length collection to appear in English. He writes a wide range of fiction- from realistic to extreme fantasy.

Originario di Cordoba (Argentina), risiede in Spagna dal 1975. La sua opera letteraria, che comprende racconti e romanzi, ha ricevuto riconoscimenti per lo stile diretto e agile e per le sue sorprendenti tematiche, mai convenzionali e sempre molto coraggiose.

7.3.12

agadhir


Las ciudades y los sueños


Efectivamente, existe Agadhir, la ciudad que muchos viajeros se esforzaron en omitir de sus crónicas, porque describirla es un reto a la lógica, o su sola mención se hace intolerable.

El enclave de Agadhir es ciertamente confuso; los escasos testigos de su existencia la situamos con cierta vaguedad, y hasta en lugares opuestos y contradictorios; la memoria, a la hora de hacerlo, parece traicionarnos. Unos aseveran que se encuentra más allá del gran río; otros, también muy dignos de crédito, al norte del reino de los hiperbóreos, próxima al abismo. Mi memoria, a pesar de su flaqueza, recuerda las playas de fina arena bañadas por la Mar Océana, en una de las innumerables islas que la conforman. Algunos coincidimos, en cambio, en su descripción edilicia; aunque, acaso, no lo hagamos con precisión absoluta; antes bien, la falta de comprensión de su trazado y arquitectura nos incita a fabular o a referirnos a ella con torpeza.

Para dar una idea de Agadhir, baste decir que sus habitantes tienen prohibido el uso del ángulo recto, pues lo consideran exclusivo de la divinidad, a quien representan bajo la figura de un cubo sostenido, milagrosamente, sobre un altar esférico que simboliza el demonio, el averno y las fuerzas ocultas. La línea curva está considerada como el producto de una mente demoníaca y desprovista de sentido común. Muchos fueron los acusados de herejía que perecieron en las llamas por haberlo usado en sus obras de arte o en sus construcciones. La forma en que podrían haber demostrado su inocencia era muy fácil: bastaba con que hubieran trazado una línea recta infinita en el suelo, en señal de arrepentimiento.

El vértigo es una consecuencia directa de su orden arquitectónico. Todos los habitantes de Agadhir lo padecen con la mayor indiferencia, como si no existiera, o incluso aceptándolo con alegría, como procedente del orden natural de las cosas. De más está señalar que, la cantidad de caídas y golpes que padezca un ciudadano, eleva considerablemente su rango social y categoría de virtuoso. De esta forma son muchos aquellos que se tiran al suelo de exprofeso, fingiendo haber caído; pero en cuanto se descubre su artimaña y mala fe, son considerados como arribistas y enormemente despreciados por sus conciudadanos, quienes, de inmediato, los condenan al ostracismo más flagrante.

Las familias ocupan su escala social según sea la arquitectura de la casa en la que habitan; así, aquellas con mayor poder, las ostentan con ángulos lo más alejados posible de los noventa grados. Algunas veces, en las viviendas y habitaciones de ciertos nobles, la entrada es casi imposible dado lo rasante de los muros, que se colocan casi horizontalmente por la agudeza de sus ángulos. La vida cotidiana entre esas paredes resulta intolerable para cualquier extranjero o para los pobres, acostumbrados a menores osadías arquitectónicas. Es fácil ver en Agadhir una multitud totalmente encorvada, como si cada uno estuviera continuamente buscando algo que se le hubiera perdido en el suelo; o bien inclinadas hacia un lado u otro, a punto de caerse. Muchos se ayudan con bastones, muletas u otros instrumentos ingeniosos a la venta en numerosas tiendas.

Las mujeres de Agadhir son delgadas y angulosas, no exentas de cierta belleza; pero cuando llegan a viejas se doblan y encogen, convirtiéndose en pequeñas figuras retorcidas como sarmientos. Otro tanto les ocurre a los hombres. Claro que estas deformidades constituyen un alto distintivo social.

A menudo suceden desgracias en Agadhir: no faltan derrumbamientos a causa de la temeridad constructiva de sus casas y palacios, que desafían las leyes naturales de la gravedad, en los que perece toda una familia; esto los convierte en mártires y, desde ese momento, colocan sus imágenes en pequeños altares enclavados en las esquinas de las calles y avenidas principales, para que se les admire y rinda culto. Al cabo de un tiempo, engrandecidas por los mitos, esas estatuas son trasladadas a edificios importantes. Agadhir es una ciudad llena de mártires, cuyas figuras retorcidas adornan las plazas y los templos, y advierten a los ciudadanos sobre la grandeza del sacrificio divino. El cielo es visto como un inmenso cubo, donde los piadosos gozarán hasta el infinito de la presencia del ángulo recto.

Desde retoños los árboles son apuntalados, obligándoles a seguir un crecimiento inclinado para que no disientan con la armonía de la arquitectura; y su copa es podada con frecuencia para darles formas caprichosas y rectas, alejadas lo más posible del concepto de la esfera.



He conocido Agadhir, he estado en ella durante unas semanas mientras esperaba el regreso el barco que me devolvería a mi tierra de origen. No es una ciudad que pueda calificarse como desagradable, aunque tampoco podría decirse que es hermosa: su único calificativo es el de desconcertante, sobre todo por sus palacios y sus templos milagrosamente erguidos. Pero debo confesar que el vértigo me provoco tales náuseas y mareos, que debí permanecer en cama la mayor parte del tiempo. No obstante, desde una de las ventanas de mi cuarto, podía divisar los tejados retorcidos que parecían estar a punto de desplomarse sobre las calles. Afortunadamente, aquellas buenas gentes que me hospedaban eran humildes, sin rango social alguno; de modo que su casa y enseres no eran tan inclinados como los de las familias opulentas y poderosas.

Durante mi breve estancia en Agadhir, con esfuerzo enorme y la ayuda de instrumentos adecuados, realicé varios dibujos de la ciudad. Todos ellos tuve que destruirlos posteriormente, estando ya en mi casa natal, porque, cuando los mostraba a mis amigos y vecinos, eran invadidos por un ligero desvanecimiento, y me rogaban que los retirara de su vista.

Acompañado por un par de hombres jóvenes que me sostenían llegué hasta el puerto, me despedí de mis gentiles amigos, quienes me habían acogido en su casa, subí a mi barco y abandoné Agadhir, no sin una íntima alegría. A pesar de haber transcurrido tantos años, su recuerdo me provoca una leve malestar, y de inmediato debo alejarla de mi mente. No comprendo, incluso, cómo pude soportar su visión mientras escribía estas páginas.

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