Geboren in Córdoba, Argentinien, lebte lange Zeit in Spanien und lebt nun in Deutschland. Er ist Schriftsteller, Autor von Romanen und Kurzgeschichten, Regisseur und Professor für Film. Seine Geschichten erscheinen regelmäßig in renommierten Zeitschriften, Anthologien und Literaturmagazinen in Spanien, Argentinien, Mexiko, Chile, Peru, Kanada, USA, Italien, Frankreich und Deutschland. Er studierte Bildende Kunst an der Kunsthochschule Emilio Caraffa in Cosquín, Córdoba, Argentinien.

Natural de Córdoba, Argentina, ha vivido en España y actualmente reside en Alemania. Es autor de relatos, novelista, director y profesor de cine. Sus cuentos aparecen habitualmente en prestigiosos periódicos, antologías y revistas literarias de España, Argentina, México, Chile, Perú, Canadá, Estados Unidos, Italia, Francia y Alemania. Ha cursado Bellas Artes en la Escuela de Artes Emilio Caraffa de Cosquín, Córdoba, Argentina.

Norberto Luis Romero is an Argentine, now a citizen of Spain presently living in Germany. He writes a wide range of fiction -from realistic to extreme fantasy. His stories have been published in Spain, Argentine, France, Italy, Canada and the United States. This is his first book-length collection to appear in English. He writes a wide range of fiction- from realistic to extreme fantasy.

Originario di Cordoba (Argentina), risiede in Spagna dal 1975. La sua opera letteraria, che comprende racconti e romanzi, ha ricevuto riconoscimenti per lo stile diretto e agile e per le sue sorprendenti tematiche, mai convenzionali e sempre molto coraggiose.

14.2.12

SAMARCANDA


Las ciudades y los sueños

Samarcanda no es sólo una ciudad: son dos. Una de ellas, evidente a los ojos. La otra, oculta y secreta, de la cual únicamente yo soy capaz de escuchar sus mínimos rumores soterrados y adivinar sus calles empedradas y sus palacios fastuosos.
La Samarcanda visible a nuestros ojos, somete de continuo a la otra opuesta, enterrada y simétrica; como si de un reflejo se tratase. Leves indicios diferencian a una de la otra: el rubor de una rosa en los amaneceres de mayo; algún grano de arena en sus playas, apenas más húmedo que el resto; los reflejos tornasolados en el pelaje dorado de un felino; la cocción más prolongada de una teja de barro en un techo a dos aguas...

La rebelión de aquella Samarcanda sepultada comenzó en el preciso momento en que una imagen reflejada en un espejo, contradijo al modelo perfecto, proyectándose de forma no invertida. Fue cuando esta ciudad esclava percibió por vez primera la posibilidad de individualizarse, de adquirir carácter autónomo y de acometer su independencia posible. Antes que los hombres lo hicieran, la naturaleza y los objetos creados por el hombre advirtieron de inmediato esta alteración, entreviendo la posibilidad de liberarse de la antigua esclavitud -casi cosmogónica- que la ciudad ejercía sobre ellos. Y al espejo rebelde se sumaron otros objetos que contradijeron los arraigados hábitos simétricos: una taza de fina porcelana se agrietó, mientras que la otra -la de la superficie- permanecía intacta. Una cortina de bambú no llegó a enrollarse en su totalidad, dejando penetrar furtivos rayos de sol que iluminaron un rincón de la estancia, hasta ese momento siempre a oscuras. Sus habitantes, en cambio, tardaron en cobrar conciencia de esta cualidad y continuaron comportándose según la costumbre: sometidos a los hábitos de los hombres de la otra Samarcanda: la de apariencias reales y concreta arquitectura.

Sin dudas la mayor alteración que constituyó el motivo del cambio profundo fue una clepsidra, que aceleró su ritmo con respecto al de la otra, y el tiempo se fue desplazando de forma apenas perceptible en una de las Samarcanda. A lo largo de los años, este desfase, se hizo más pronunciado y fue entonces cuando los hombres de una de ellas, la soterrada, lo advirtieron al descubrir una mañana sus cabellos más blancos, mientras que en la cabeza de los hombres de la superficie, perduraba el negro más intenso.
La verdadera Samarcanda, la de siempre, aquella dada por legítima y única, no tardó en verse invadida por el temor a la otra, cuyo ritmo, acelerado por la clepsidra, amenazaba ganarle en magnitud hasta superarla.
Los hombres no comenzaron a desesperar, hasta que no advirtieron el distanciamiento de sus dobles: eran como desprendimientos de ellos mismos, que los hacían sentirse mutilados en su esencia: como incompletos y con un sentimiento de pérdida similar al de la muerte de un ser querido. Aun así, tampoco creyeron en la posibilidad de una rebeldía absoluta y definitiva: pensaron en un estado de alteración pasajera, en un desequilibrio momentáneo en el régimen de las leyes naturales que hasta entonces habían sido imperecederas y estrictas.
Por su parte, los habitantes de la Samarcanda subterránea, hicieron caso omiso de las inquietudes de los otros, y acabaron por magnificar aún más las diferencias. Deslumbrados ante la posibilidad de una libertad antes desconocida, no tardaron en desear aventurarse a la ciudad de la superficie, transgrediendo así las fronteras, ahora confusas, que nunca antes habían percibido como tales. Fue a partir de ese momento cuando las cosas comenzaron a hacerse evidentes e intolerables, cuando los ruidos y olores de la una se metieron en la hasta entonces inviolable serenidad de la otra, alterando su equilibrado ritmo milenario.
El rechazo ante estos indicios extraños fue, en un principio, mediante la indiferencia, llegando a manifestarlo en forma violenta, únicamente cuando su presencia comenzó a superar en número a los de la otra, creando continuas confusiones. Fue entonces cuando surgieron reyertas en una ciudad hasta entonces tranquila.
La Samarcanda que todos conocemos actualmente, y a la que estamos habituados, no es la original: es la que surgió del abismo y fue ganando terreno a la primera; es una indiferenciada mezcla de ambas. Ahora, la verdadera ciudad original es aquella primitiva que yace enterrada a sus pies, y que vive independiente de los movimientos de ésta.
Consciente de su inferioridad, la Samarcanda de la superficie aceleró el ritmo de sus relojes de tal modo que, en pocos decenios, igualó e incluso pudo superar a aquella otra soterrada.


Con el tiempo volverán a igualarse y también a superarse mutuamente. Su lucha continuará mientras cualquiera persista en su existencia y arrogancia: su destino será la eterna competencia y permanente sumisión la una de la otra.
Los hombres que en ninguna de ellas habitamos, siempre creeremos en una única Samarcanda vital, que, en su rutina, se expande y cambia de continuo, como si librara alguna fragorosa contienda consigo misma.
No es difícil advertir que en Samarcanda sus habitantes envejecen prematuramente, que los objetos se deterioran con enorme facilidad y que las flores se cierran a los pocos instantes de haberse abierto. La vida es tan acelerada en Samarcanda que el nacimiento lleva implícita la muerte desde la infancia. Argüir su final es muy simple: ambas, en su puja por superarse mutuamente, reducirán el tiempo a cero, haciendo que sus habitantes mueran sin haber nacido.
De ellas nos quedarán sus calles adoquinadas, sus templos majestuosos e inútiles, los objetos de uso cotidiano profundamente enterrados, las tablillas de arcilla con su indescifrable escritura. Con la apariencia de una ruina más, su arquitectura perdurará detenida en el tiempo para siempre.
 
De "Canción de cuna para una mosca doméstica", 1995

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