Geboren in Córdoba, Argentinien, lebte lange Zeit in Spanien und lebt nun in Deutschland. Er ist Schriftsteller, Autor von Romanen und Kurzgeschichten, Regisseur und Professor für Film. Seine Geschichten erscheinen regelmäßig in renommierten Zeitschriften, Anthologien und Literaturmagazinen in Spanien, Argentinien, Mexiko, Chile, Peru, Kanada, USA, Italien, Frankreich und Deutschland. Er studierte Bildende Kunst an der Kunsthochschule Emilio Caraffa in Cosquín, Córdoba, Argentinien.

Natural de Córdoba, Argentina, ha vivido en España y actualmente reside en Alemania. Es autor de relatos, novelista, director y profesor de cine. Sus cuentos aparecen habitualmente en prestigiosos periódicos, antologías y revistas literarias de España, Argentina, México, Chile, Perú, Canadá, Estados Unidos, Italia, Francia y Alemania. Ha cursado Bellas Artes en la Escuela de Artes Emilio Caraffa de Cosquín, Córdoba, Argentina.

Norberto Luis Romero is an Argentine, now a citizen of Spain presently living in Germany. He writes a wide range of fiction -from realistic to extreme fantasy. His stories have been published in Spain, Argentine, France, Italy, Canada and the United States. This is his first book-length collection to appear in English. He writes a wide range of fiction- from realistic to extreme fantasy.

Originario di Cordoba (Argentina), risiede in Spagna dal 1975. La sua opera letteraria, che comprende racconti e romanzi, ha ricevuto riconoscimenti per lo stile diretto e agile e per le sue sorprendenti tematiche, mai convenzionali e sempre molto coraggiose.

28.7.10

Plaquetas

Verano tórrido. La pereza mental se impone y como reposo a la escritura sin abandonar el hacer diario, a la vez que me distraigo y recupero mi antigua capacidad de trabajo manual, decido afrontar la creación plástica con la realización de plaquetas de algunos de mis cuentos, en ediciones de 5 ejemplares numerados y firmados. Utilizo Photoshop porque la capacidad de dibujar la perdí, y el armado, recorte, encuadernado, etc., lo realizo nanualmente. Esta es la primera plaqueta, con el cuento "La siesta obligada", que forma parte del volumen de próxima aparición en la editorial canaria Baile del Sol, titulado "Para que no entren las gitanas". Debo la inspiración de esta vía de escape a los amigos y escritores José Joaquín Beeme, maestro en esta labor creativa, a Rosalba Campra, también hacedora de libros, y al trabajo similar de Raúl Manrique y Claudio Pérez, del Centro de Arte Moderno, cuyas creaciones son igualmente fascinantes.

23.7.10

Los caracoles escribidores

Un poco más allá del cantero de los geranios hay una colonia de caracoles. Hace muchos años que viven allí, bajo las calas, al pie de la madreselva, y siempre han tenido por costumbre cartearse con sus amigos y sus parientes de un pueblo vecino que está en el jardín de la casa de enfrente.
Uno de ellos es cartero y tiene por desdicha una pesada carga de correspondencia acumulada en su casa, cuyos destinatarios no ha podido encontrar. El pueblo de los caracoles tiene calles con nombres, y las casas un número que cada dueño elige al azar, casi cabalísticamente; pero como los caracoles, aunque lentos, son muy andariegos, nunca residen en un mismo sitio más de dos horas seguidas. El resultado de sus hábitos es la confusión.
Los caracoles no se visitan, salvo cuando, casualmente, se encuentran en la calle. Y el cartero entrega las cartas solamente a aquellos con quienes se cruza en el camino. Como sabe de antemano que no encontrará, por ejemplo, la casa número 543, en la tercera manzana de una calle determinada, opta por pasearse por todo el pueblo, con las cartas a cuestas, voceando el nombre de los destinatarios. Resultado: el cansancio y la afonía.
El cartero quiso presentar una queja en el Ministerio de Información, pero fue inútil, ya que dicho Ministerio, por ser un edificio joven, andaba muy velozmente. Después de varias tentativas y persecuciones, optó por presentar la renuncia enviándola por correo. Aún no ha recibido respuesta. Hace que dejó de trabajar dos o tres meses, no obstante aún le quedan 468 cartas, 57 postales y 18 impresos por repartir. Telegramas no tiene porque los caracoles prefieren no hacer uso de ellos. Dice que cuando logre entregar toda la correspondencia que le queda pedirá la jubilación.
El pueblo manifestó su disconformidad con el servicio de Correos, pero todavía no aciertan a encontrar una solución. Los que se ofrecieron como carteros voluntarios enseguida se fatigaron abandonando el trabajo. Otros prefirieron ir personalmente al correo a llevar y retirar sus cartas, pero no lo hallaron. Actualmente los caracoles de ambos jardines se encuentran algo incomunicados.
De "Llegada del otoño en Constantinopla".

16.7.10

El linaje de la W

Cuando la V se enteró de que estaba embarazada hubo grandes festejos en el abecedario. Posteriormente, una ecografía reveló que serían gemelos, lo cual generó un júbilo mayor entre las letras: únicamente la L y la R habían tenido esa fortuna.

Cuando la V dio a luz descubrieron aturdidos que los gemelos eran siameses: dos bellas V unidas por la cabeza.

Cirujanos reputadísimos aseguraron que no podían separarlas porque compartían tejido óseo y, fundamentalmente, cerebro. Dijeron que tendrían problemas para integrase, sobre todo de fonética.

Decidieron que lo mejor sería enviarlas a los Estados Unidos o a Inglaterra. En efecto, allí fueron muy útiles, felices, y se sintieron como en su propio alfabeto.

De "Letranterías"

13.7.10

Un micro de Roberto Malo

LA DISTANCIA NO ENGAÑA

Las caras de los dos niños estaban aplastadas contra una de las ventanillas del avión.

-Mira, qué pequeña se ve la ciudad –decía uno de los niños mientras la sobrevolaban.

-Sí, desde aquí las personas parecen hormiguitas –asintió el otro.

Al mismo tiempo, las hormigas gigantes que se habían apoderado de la ciudad miraban expectantes el gran avión de pasajeros que surcaba el cielo azul.

7.7.10

De "Criaturas voraces", III

El festín de los ácaros
El señor Takanawa, en su habitación del hotel, sentado en el borde de la bañera con las piernas hacia dentro, cuidadosamente se recorta las uñas de los pies con unos alicates muy usados. Una vez que ha acabado, saca los pies de la bañera, abre el grifo y deja correr abundante agua que arrastra los recortes de las uñas por el sumidero; a continuación, escudriña el resto del cuarto de baño cerciorándose de que no haya salido disparado algún recorte y haya quedado en el suelo o sobre el mármol del lavabo; y si encuentra alguno lo recoge y envuelve en un trocito de papel higiénico, que arroja al inodoro, y luego se lava las manos. Adquirió esta costumbre después de haber visto en la televisión un documental donde se hablaba de los ácaros y éstos aparecían ampliados millones de veces; recibió una fuerte impresión y dedujo que de no ser por sus dimensiones microscópicas serían verdaderos monstruos que no se limitarían a comer piel muerta y se lanzarían a devorar cuanto ser vivo se les interpusiera. La obsesión del señor Takanawa muchas veces le impide dormir pensando que en la cama hay millones de ácaros que podrían desarrollarse hasta alcanzar el tamaño de un perro, y vive en el hotel desde que se separó de la señora Takanawa por temor a que ésta atrajera más ácaros al hogar cada vez que se cortaba las uñas sin poner cuidado en recoger los recortes, que salían disparados hacia todos lados. No era feliz en su matrimonio, tampoco lo es ahora, después de siete años de separación viviendo en esa minúscula habitación de hotel. Sobra decir que el señor Takanawa se rasura a diario completamente el cuerpo y la cabeza, incluidas las cejas; con bastante sufrimiento se depila las pestañas, pues sabe que toda piel o tejido muerto constituye el alimento de los ácaros. Previsor, también posee un documento que garantiza su inmediata cremación en caso de que muera, pues sabe que de no ser así, sería pasto de gusanos, tan repugnantes como los ácaros. Un veintiocho de julio, un seísmo de 7.2 en la escala Richter convirtió en una colina de escombros el hotel donde se alojaba el señor Takanawa. Días después, los equipos de rescate y desescombro hallaron su cuerpo en extraña postura: en cuclillas dentro de la bañera, sostenía entre índice y pulgar un diminuto envoltorio de papel higiénico conteniendo un recorte de uña. Obviamente, nadie vio a los millones de ácaros ocupados en devorarlo, y el caso no tuvo repercusión alguna.
De "Criaturas voraces", La Torre degli Arabeschi, Angera, 2009

3.7.10

Otra casa tomada

Aquel viernes, como todos los viernes, el matrimonio Rosales regresó a las doce menos cuarto de la noche de su cena frugal en un restaurante caro, previa a la función de cine. Un taxi los dejó a la puerta. A las doce y media ya estaban en la cama. Antes de dormirse, hicieron un par de comentarios: -Él está magnífico, como siempre. -Pero el final es un poco triste- dijo ella. -Tú siempre lloras. Se dieron las buenas noches y se durmieron. Eran las dos en punto de la madrugada, cuando él despertó creyendo haber oído un ruido abajo, en el salón. Se incorporó y agudizó los sentidos. A su lado, ella dormía apaciblemente, como un animalito cansado. Distinguió con claridad un sonido metálico, leve, corto, y al cabo de unos instantes, murmullos. "Ladrones", pensó, y el corazón se le aceleró con violencia. La primera disyuntiva fue la de despertar o no a su mujer; la segunda, si estarse en silencio o producir algún ruido que advirtiese a los ladrones de su presencia en la casa. Durante los segundos de duda, el tiempo le pareció sin fin. Pensó: "los ladrones han estado vigilándonos, nos han visto salir, pero no regresar, y creyeron que aún estábamos fuera. Decidió despertar a su mujer procurando no alarmarla. La llamó suavemente. Ésta abrió los ojos como emergiendo de una espesa capa de bruma, velado su cerebro por la confusión. -¿Qué pasa? -Abajo hay ladrones, creo- musitó. Ignoradas razones o profundos temores llevaron a los Rosales a permanecer sentados en la cama a oscuras, en un profundo silencio, alertas, pero sin mover un dedo. Desde allí oyeron voces, risas, sonidos habituales: la televisión, el tintineo de la loza y los vasos, retazos de conversaciones entre varios individuos: hombres y mujeres. Esto duró hasta las cuatro de la mañana. A esa hora oyeron la puerta de calle abrir y cerrarse, y las voces y sonidos se desvanecieron en la oscuridad. Nuevamente volvió a quedar la casa sumida en el silencio habitual. Después de dejar pasar unos minutos precautorios, decidieron bajar. Sin dar las luces, tímidamente, como ciegos descendiendo por una escalera desconocida donde cada escalón tuviera un tamaño y una altura diferentes, bajaron, atravesaron el distribuidor y entraron en el salón. Allí permanecieron de pie, en el silencio más absoluto, hasta que él decidió encender las lámparas. Había humo en el aire, y un cargado olor a comida y a humanos satisfechos. Sobre la mesa baja hallaron el cenicero repleto de colillas y un libro manoseado, que no reconocieron como suyo, marcado en la página 19 con un billete de metro. Él lo abrió por la página marcada. -¿Qué dice?- se interesó ella. -No lo sé, no llevo las gafas... parecen dibujos- Y volvió a dejarlo como lo encontró. No advirtieron otra cosa fuera de sitio. Sin hacer más comentarios, se miraron una y otra vez, azorados. En la cocina había indicios contundentes, que demostraban que se había cocinado: migas de pan en la encimera, aceite aún tibio en la sartén de hierro, un tenedor sucio, varios vasos manchados de carmín, y restos de comida en el cubo de basura. Él se llevó a los labios uno de los vasos: -Es nuestro vino. Ella se alzó de hombros. Volvieron a la cama, aunque no pudieron dormir. Al día siguiente, investigaron con prolijidad toda la planta baja para comprobar si faltaba algo, y sólo echaron de menos algunos comestibles y bebidas. Se sentaron en el sofá, él se puso las gafas y hojeó el libro hallado: -No debes mirarlo- dijo a su mujer, volviendo a dejarlo en la mesa. Ella apenas le hizo caso, miraba con preocupación las migas sobre la alfombra. No se habían llevado nada, ningún objeto de valor; tampoco nada irrelevante, únicamente habían cenado, mirado televisión y olvidado ese libro obsceno, que los Rosales no se atrevieron a tirar a la basura por respeto. Decidieron evitar contratiempos, dar vanas explicaciones, y no acudieron a la policía. Tampoco llamaron por teléfono a sus hijos. Lo mantuvieron en secreto, pues les pertenecía. Esa noche hablaron mucho antes de dormirse y, cada tanto, callaban creyendo oír ruidos. Pero el viernes siguiente, ya en la cama, aunque despiertos sin poder conciliar el sueño, volvió a ocurrir lo mismo a la misma hora. Esta vez el volumen del televisor fue más alto, los ruidos, las voces y las risas más claros, sin recato alguno, abiertamente naturales y espontáneos. Y a las cuatro, volvieron a irse dejando está vez un poco más de revuelo, de desorden, pues ni siquiera tiraron los restos de comida a la basura, sino que dejaron los platos sucios esparcidos. El libro estaba marcado en la página 45, pero en lugar de hallar un billete de metro entre sus páginas, había un mondadientes. De nuevo faltaron víveres, no otra cosa, y nuevamente callaron. Lo que más contrarió a la señora Rosales fue la falta de cuidado, de higiene, de buenas costumbres. -Podrían ser un poco más considerados- dijo mientras tomaba con la punta de los dedos un resto de queso y se lo llevaba a la boca. -Está rancio y reseco... Durante meses, todos los viernes a las dos en punto, los Rosales recibieron esta visita, a cuyos ruidos se habían ido habituando al extremo de no perder el sueño, y que únicamente cenaba, miraba la televisión y leía ese libro, para marcharse a las cuatro de la madrugada, dejando la nevera y la despensa vacías, todo desordenado y sucio. El verdadero trastorno para la señora Rosales era tener que pasarse buena parte del sábado limpiando y poniendo orden; mientras su marido acudía al supermercado más próximo para reponer víveres. Mientras repasaba el polvo, no pudo reprimir la tentación y abrió ligeramente aquel libro por la página marcada. Volvió a cerrarlo de inmediato, sin ruborizarse. Con el tiempo las visitas fueron extendiendo el espacio de sus veladas hacia el resto de la planta baja, utilizando, además del salón y la cocina, el lavabo, la pequeña sala de estar y el cuarto que había sido de la criada. También fueron prolongando la duración de las visitas y acentuando su descuido y desorden. Se marchaban a las 8 o las 9 de la mañana, pero siempre antes de que los Rosales se levantasen. Al cabo de casi dos años y medio, una madrugada no se presentaron. La señora Rosales fue la primera en despertarse sobresaltada al no oír nada. De inmediato lo hizo su esposo. El silencio hería sus oídos. Se miraron sin decirse palabra. Esa noche no pegaron ojo. A la mañana siguiente todo estaba en orden, limpio. Durante horas vagabundearon inútilmente por la plata baja en busca de indicios. No volvieron a dormir ningún viernes más, pues desde que las visitas dejaron de venir, los Rosales pasan la noche en la planta baja, comiendo y bebiendo, ensuciándolo todo, mirando la televisión a todo volumen, y leyendo ese libro obsceno en el que marcan la lectura con un palillo usado.