Geboren in Córdoba, Argentinien, lebte lange Zeit in Spanien und lebt nun in Deutschland. Er ist Schriftsteller, Autor von Romanen und Kurzgeschichten, Regisseur und Professor für Film. Seine Geschichten erscheinen regelmäßig in renommierten Zeitschriften, Anthologien und Literaturmagazinen in Spanien, Argentinien, Mexiko, Chile, Peru, Kanada, USA, Italien, Frankreich und Deutschland. Er studierte Bildende Kunst an der Kunsthochschule Emilio Caraffa in Cosquín, Córdoba, Argentinien.

Natural de Córdoba, Argentina, ha vivido en España y actualmente reside en Alemania. Es autor de relatos, novelista, director y profesor de cine. Sus cuentos aparecen habitualmente en prestigiosos periódicos, antologías y revistas literarias de España, Argentina, México, Chile, Perú, Canadá, Estados Unidos, Italia, Francia y Alemania. Ha cursado Bellas Artes en la Escuela de Artes Emilio Caraffa de Cosquín, Córdoba, Argentina.

Norberto Luis Romero is an Argentine, now a citizen of Spain presently living in Germany. He writes a wide range of fiction -from realistic to extreme fantasy. His stories have been published in Spain, Argentine, France, Italy, Canada and the United States. This is his first book-length collection to appear in English. He writes a wide range of fiction- from realistic to extreme fantasy.

Originario di Cordoba (Argentina), risiede in Spagna dal 1975. La sua opera letteraria, che comprende racconti e romanzi, ha ricevuto riconoscimenti per lo stile diretto e agile e per le sue sorprendenti tematiche, mai convenzionali e sempre molto coraggiose.

3.7.10

Otra casa tomada

Aquel viernes, como todos los viernes, el matrimonio Rosales regresó a las doce menos cuarto de la noche de su cena frugal en un restaurante caro, previa a la función de cine. Un taxi los dejó a la puerta. A las doce y media ya estaban en la cama. Antes de dormirse, hicieron un par de comentarios: -Él está magnífico, como siempre. -Pero el final es un poco triste- dijo ella. -Tú siempre lloras. Se dieron las buenas noches y se durmieron. Eran las dos en punto de la madrugada, cuando él despertó creyendo haber oído un ruido abajo, en el salón. Se incorporó y agudizó los sentidos. A su lado, ella dormía apaciblemente, como un animalito cansado. Distinguió con claridad un sonido metálico, leve, corto, y al cabo de unos instantes, murmullos. "Ladrones", pensó, y el corazón se le aceleró con violencia. La primera disyuntiva fue la de despertar o no a su mujer; la segunda, si estarse en silencio o producir algún ruido que advirtiese a los ladrones de su presencia en la casa. Durante los segundos de duda, el tiempo le pareció sin fin. Pensó: "los ladrones han estado vigilándonos, nos han visto salir, pero no regresar, y creyeron que aún estábamos fuera. Decidió despertar a su mujer procurando no alarmarla. La llamó suavemente. Ésta abrió los ojos como emergiendo de una espesa capa de bruma, velado su cerebro por la confusión. -¿Qué pasa? -Abajo hay ladrones, creo- musitó. Ignoradas razones o profundos temores llevaron a los Rosales a permanecer sentados en la cama a oscuras, en un profundo silencio, alertas, pero sin mover un dedo. Desde allí oyeron voces, risas, sonidos habituales: la televisión, el tintineo de la loza y los vasos, retazos de conversaciones entre varios individuos: hombres y mujeres. Esto duró hasta las cuatro de la mañana. A esa hora oyeron la puerta de calle abrir y cerrarse, y las voces y sonidos se desvanecieron en la oscuridad. Nuevamente volvió a quedar la casa sumida en el silencio habitual. Después de dejar pasar unos minutos precautorios, decidieron bajar. Sin dar las luces, tímidamente, como ciegos descendiendo por una escalera desconocida donde cada escalón tuviera un tamaño y una altura diferentes, bajaron, atravesaron el distribuidor y entraron en el salón. Allí permanecieron de pie, en el silencio más absoluto, hasta que él decidió encender las lámparas. Había humo en el aire, y un cargado olor a comida y a humanos satisfechos. Sobre la mesa baja hallaron el cenicero repleto de colillas y un libro manoseado, que no reconocieron como suyo, marcado en la página 19 con un billete de metro. Él lo abrió por la página marcada. -¿Qué dice?- se interesó ella. -No lo sé, no llevo las gafas... parecen dibujos- Y volvió a dejarlo como lo encontró. No advirtieron otra cosa fuera de sitio. Sin hacer más comentarios, se miraron una y otra vez, azorados. En la cocina había indicios contundentes, que demostraban que se había cocinado: migas de pan en la encimera, aceite aún tibio en la sartén de hierro, un tenedor sucio, varios vasos manchados de carmín, y restos de comida en el cubo de basura. Él se llevó a los labios uno de los vasos: -Es nuestro vino. Ella se alzó de hombros. Volvieron a la cama, aunque no pudieron dormir. Al día siguiente, investigaron con prolijidad toda la planta baja para comprobar si faltaba algo, y sólo echaron de menos algunos comestibles y bebidas. Se sentaron en el sofá, él se puso las gafas y hojeó el libro hallado: -No debes mirarlo- dijo a su mujer, volviendo a dejarlo en la mesa. Ella apenas le hizo caso, miraba con preocupación las migas sobre la alfombra. No se habían llevado nada, ningún objeto de valor; tampoco nada irrelevante, únicamente habían cenado, mirado televisión y olvidado ese libro obsceno, que los Rosales no se atrevieron a tirar a la basura por respeto. Decidieron evitar contratiempos, dar vanas explicaciones, y no acudieron a la policía. Tampoco llamaron por teléfono a sus hijos. Lo mantuvieron en secreto, pues les pertenecía. Esa noche hablaron mucho antes de dormirse y, cada tanto, callaban creyendo oír ruidos. Pero el viernes siguiente, ya en la cama, aunque despiertos sin poder conciliar el sueño, volvió a ocurrir lo mismo a la misma hora. Esta vez el volumen del televisor fue más alto, los ruidos, las voces y las risas más claros, sin recato alguno, abiertamente naturales y espontáneos. Y a las cuatro, volvieron a irse dejando está vez un poco más de revuelo, de desorden, pues ni siquiera tiraron los restos de comida a la basura, sino que dejaron los platos sucios esparcidos. El libro estaba marcado en la página 45, pero en lugar de hallar un billete de metro entre sus páginas, había un mondadientes. De nuevo faltaron víveres, no otra cosa, y nuevamente callaron. Lo que más contrarió a la señora Rosales fue la falta de cuidado, de higiene, de buenas costumbres. -Podrían ser un poco más considerados- dijo mientras tomaba con la punta de los dedos un resto de queso y se lo llevaba a la boca. -Está rancio y reseco... Durante meses, todos los viernes a las dos en punto, los Rosales recibieron esta visita, a cuyos ruidos se habían ido habituando al extremo de no perder el sueño, y que únicamente cenaba, miraba la televisión y leía ese libro, para marcharse a las cuatro de la madrugada, dejando la nevera y la despensa vacías, todo desordenado y sucio. El verdadero trastorno para la señora Rosales era tener que pasarse buena parte del sábado limpiando y poniendo orden; mientras su marido acudía al supermercado más próximo para reponer víveres. Mientras repasaba el polvo, no pudo reprimir la tentación y abrió ligeramente aquel libro por la página marcada. Volvió a cerrarlo de inmediato, sin ruborizarse. Con el tiempo las visitas fueron extendiendo el espacio de sus veladas hacia el resto de la planta baja, utilizando, además del salón y la cocina, el lavabo, la pequeña sala de estar y el cuarto que había sido de la criada. También fueron prolongando la duración de las visitas y acentuando su descuido y desorden. Se marchaban a las 8 o las 9 de la mañana, pero siempre antes de que los Rosales se levantasen. Al cabo de casi dos años y medio, una madrugada no se presentaron. La señora Rosales fue la primera en despertarse sobresaltada al no oír nada. De inmediato lo hizo su esposo. El silencio hería sus oídos. Se miraron sin decirse palabra. Esa noche no pegaron ojo. A la mañana siguiente todo estaba en orden, limpio. Durante horas vagabundearon inútilmente por la plata baja en busca de indicios. No volvieron a dormir ningún viernes más, pues desde que las visitas dejaron de venir, los Rosales pasan la noche en la planta baja, comiendo y bebiendo, ensuciándolo todo, mirando la televisión a todo volumen, y leyendo ese libro obsceno en el que marcan la lectura con un palillo usado.

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