27.2.12

UN EXTRAÑO E N EL GARAJE



Texto de Norberto Luis Romero e ilustraciones de Santiago Lara. Del Centro Editores. Madrid. 2012. Primera edición. Edición totalmente artesanal de cien ejemplares firmados y numerados por el autor y el ilustrador, impreso en papel Fabriano de 160 g, en rama, carpeta revestida en tela y papel estampado.
Puede adquirirse en:

18.2.12

Edición especial bibliófilo

presentación del libro

UN EXTRAÑO
EN EL GARAGE
  con ilustraciones de
SANTIAGO LARA

 La presentación estará a cargo de

ROSALBA CAMPRA, escritora y
especialista en literatura hispanoamericana
SANTIAGO LARA, ilustrador
NORBERTO LUIS ROMERO, autor
CLAUDIO PÉREZ MÍGUEZ, editor

Un extraño en el garage Texto de Norberto Luis Romero e ilustraciones de Santiago Lara. Del Centro Editores. Madrid. 2012. Primera edición. Edición totalmente artesanal de cien ejemplares firmados y numerados por el autor y el ilustrador, impreso en papel Fabriano de 160 g, en rama, carpeta revestida en tela y papel estampado. ISBN: 978-84-92816

Jueves 23 de febrero, 20 h
ENTRADA LIBRE Y GRATUITA

Galileo, 52
28015 Madrid

14.2.12

SAMARCANDA


Las ciudades y los sueños

Samarcanda no es sólo una ciudad: son dos. Una de ellas, evidente a los ojos. La otra, oculta y secreta, de la cual únicamente yo soy capaz de escuchar sus mínimos rumores soterrados y adivinar sus calles empedradas y sus palacios fastuosos.
La Samarcanda visible a nuestros ojos, somete de continuo a la otra opuesta, enterrada y simétrica; como si de un reflejo se tratase. Leves indicios diferencian a una de la otra: el rubor de una rosa en los amaneceres de mayo; algún grano de arena en sus playas, apenas más húmedo que el resto; los reflejos tornasolados en el pelaje dorado de un felino; la cocción más prolongada de una teja de barro en un techo a dos aguas...

La rebelión de aquella Samarcanda sepultada comenzó en el preciso momento en que una imagen reflejada en un espejo, contradijo al modelo perfecto, proyectándose de forma no invertida. Fue cuando esta ciudad esclava percibió por vez primera la posibilidad de individualizarse, de adquirir carácter autónomo y de acometer su independencia posible. Antes que los hombres lo hicieran, la naturaleza y los objetos creados por el hombre advirtieron de inmediato esta alteración, entreviendo la posibilidad de liberarse de la antigua esclavitud -casi cosmogónica- que la ciudad ejercía sobre ellos. Y al espejo rebelde se sumaron otros objetos que contradijeron los arraigados hábitos simétricos: una taza de fina porcelana se agrietó, mientras que la otra -la de la superficie- permanecía intacta. Una cortina de bambú no llegó a enrollarse en su totalidad, dejando penetrar furtivos rayos de sol que iluminaron un rincón de la estancia, hasta ese momento siempre a oscuras. Sus habitantes, en cambio, tardaron en cobrar conciencia de esta cualidad y continuaron comportándose según la costumbre: sometidos a los hábitos de los hombres de la otra Samarcanda: la de apariencias reales y concreta arquitectura.

Sin dudas la mayor alteración que constituyó el motivo del cambio profundo fue una clepsidra, que aceleró su ritmo con respecto al de la otra, y el tiempo se fue desplazando de forma apenas perceptible en una de las Samarcanda. A lo largo de los años, este desfase, se hizo más pronunciado y fue entonces cuando los hombres de una de ellas, la soterrada, lo advirtieron al descubrir una mañana sus cabellos más blancos, mientras que en la cabeza de los hombres de la superficie, perduraba el negro más intenso.
La verdadera Samarcanda, la de siempre, aquella dada por legítima y única, no tardó en verse invadida por el temor a la otra, cuyo ritmo, acelerado por la clepsidra, amenazaba ganarle en magnitud hasta superarla.
Los hombres no comenzaron a desesperar, hasta que no advirtieron el distanciamiento de sus dobles: eran como desprendimientos de ellos mismos, que los hacían sentirse mutilados en su esencia: como incompletos y con un sentimiento de pérdida similar al de la muerte de un ser querido. Aun así, tampoco creyeron en la posibilidad de una rebeldía absoluta y definitiva: pensaron en un estado de alteración pasajera, en un desequilibrio momentáneo en el régimen de las leyes naturales que hasta entonces habían sido imperecederas y estrictas.
Por su parte, los habitantes de la Samarcanda subterránea, hicieron caso omiso de las inquietudes de los otros, y acabaron por magnificar aún más las diferencias. Deslumbrados ante la posibilidad de una libertad antes desconocida, no tardaron en desear aventurarse a la ciudad de la superficie, transgrediendo así las fronteras, ahora confusas, que nunca antes habían percibido como tales. Fue a partir de ese momento cuando las cosas comenzaron a hacerse evidentes e intolerables, cuando los ruidos y olores de la una se metieron en la hasta entonces inviolable serenidad de la otra, alterando su equilibrado ritmo milenario.
El rechazo ante estos indicios extraños fue, en un principio, mediante la indiferencia, llegando a manifestarlo en forma violenta, únicamente cuando su presencia comenzó a superar en número a los de la otra, creando continuas confusiones. Fue entonces cuando surgieron reyertas en una ciudad hasta entonces tranquila.
La Samarcanda que todos conocemos actualmente, y a la que estamos habituados, no es la original: es la que surgió del abismo y fue ganando terreno a la primera; es una indiferenciada mezcla de ambas. Ahora, la verdadera ciudad original es aquella primitiva que yace enterrada a sus pies, y que vive independiente de los movimientos de ésta.
Consciente de su inferioridad, la Samarcanda de la superficie aceleró el ritmo de sus relojes de tal modo que, en pocos decenios, igualó e incluso pudo superar a aquella otra soterrada.


Con el tiempo volverán a igualarse y también a superarse mutuamente. Su lucha continuará mientras cualquiera persista en su existencia y arrogancia: su destino será la eterna competencia y permanente sumisión la una de la otra.
Los hombres que en ninguna de ellas habitamos, siempre creeremos en una única Samarcanda vital, que, en su rutina, se expande y cambia de continuo, como si librara alguna fragorosa contienda consigo misma.
No es difícil advertir que en Samarcanda sus habitantes envejecen prematuramente, que los objetos se deterioran con enorme facilidad y que las flores se cierran a los pocos instantes de haberse abierto. La vida es tan acelerada en Samarcanda que el nacimiento lleva implícita la muerte desde la infancia. Argüir su final es muy simple: ambas, en su puja por superarse mutuamente, reducirán el tiempo a cero, haciendo que sus habitantes mueran sin haber nacido.
De ellas nos quedarán sus calles adoquinadas, sus templos majestuosos e inútiles, los objetos de uso cotidiano profundamente enterrados, las tablillas de arcilla con su indescifrable escritura. Con la apariencia de una ruina más, su arquitectura perdurará detenida en el tiempo para siempre.
 
De "Canción de cuna para una mosca doméstica", 1995

4.2.12

Una marca redonda, como una moneda


Tuvo la amarga certeza de que no había sido un sueño porque al despertar, bañado en sudor y con el corazón acelerado, la marca estaba allí, en el hombro derecho. Del tamaño de una moneda de dos centavos, parda, con un aura rojiza que con el paso de los días se iría diluyendo. Y, naturalmente, decidió no decírselo a nadie, ni siquiera a su madre, porque no le creería y encima lo retaría.

Si te quedaras un poco quieto, y tú y tus amigos no fueran tan burros…

A medida que fue tranquilizándose, la esperanza de que sólo fuera un moretón, la huella de un golpe que no recordase, cobró forma en su mente y apartó el recuerdo del mal sueño. La mañana anterior, que no había habido clases por una huelga de maestros, la había pasado jugando con amigos en la canchita vecina a su casa, y la verdad, no habían estado mansos a la hora de elegir la diversión, trepados a los árboles, todos acabaron más de una vez por los suelos, uno de ellos a punto de partirse un brazo al caerse de un duraznero.

Seguro se trata de un moretón, se dijo, convencido.

Pero su certeza se desvaneció a la semana, cuando el presunto cardenal enseñaba una superficie de contornos muy definidos y se notaba más oscurecida. Posteriormente, y cuando ya llevaba esquivadas numerosas preguntas de su madre, extrañada de su ensimismamiento y escasa actividad, aparecieron ligeras depresiones en la piel de la mancha, algo así como la textura de la superficie lunar.

¿Y aquello fue un sueño?, volvió a interrogarse. No, había ocurrido algo mientras dormía, y no precisamente un sueño, alguien o algo le había hecho esa marca tan rara. Si recordara mejor lo soñado…, pero el sueño se había fugado en el momento de despertar, quizás debido al choque, al violento encontronazo que se dieron el sueño y la vigilia.

Según fue diluyéndose la aureola de la marca, en su interior circular, en lo que parecía el dibujo de la luna, fue apareciendo la silueta de un animal impreciso. Y se trataba de un animal, de eso no podía haber duda, porque tenía más de cuatro extremidades. Pero, ¿podía decirse que realmente fueran extremidades?, porque para serlo parecían demasiado largas y delgadas. ¿Acaso un Insecto?, se preguntó, mirándose el hombro con dificultad, pues le dolía el cuello de tanto forzar la postura.

Una mañana decidió romper el silencio y decírselo a su madre.

Es un moretón, de dijo ésta. Si fueras menos brusco, vos y tus amigos…

¿Vas a ponerme en penitencia?

No, pero tienen que tener más cuidado con los juegos, no ser tan brutos.

En el fondo no se tranquilizó, continuaba pensando que no era un moretón corriente, que esa señal era algo que le habían hecho en el sueño. Más se convenció cuando interrogó a sus amigos con la esperanza de que le dijeran que ellos tenían marcas similares y apoyaran la teoría de la magulladura, pero poco caso le hicieron, no quisieron ver la marca y contestaron que ellos no tenían nada. Sólo el más chico, al que poco o nada dejaban participar, se le acercó y, descubriéndose el brazo y señalando lo que parecía una vulgar verruga, le dijo.

Esto me lo pusieron unos señores.

¿Qué señores?

No lo sé. Unos hombres…

Pero en ese momento su hermano mayor lo agarró de un brazo y se lo llevó a la rastra. Era la hora de la comida. Antes de desaparecer tragados por la bocacalle, el chico se dio la vuelta y le gritó:

Yo creo que es un tornillo.

A solas en su cuarto, la luz del velador daba de lleno en la señal y reparó en la textura, en un ligero relieve que evocaba un botón, una ruedecilla o un engranaje, porque lo que le habían parecido patas de un insecto ahora conformaban tal vez los rayos de una rueda y eran duros al tacto, demasiado duros.

¿Qué pasa con mi piel?

En el vientre descubrió parte de la respuesta. Había un sol intenso y la luminosidad era esplendorosa, cegadora, cuando estaba sentado en una piedra junto al río, con los pies desnudos en el agua refrescante y cristalina, el torso desnudo que el sol besaba. Su barriga plana de niño era dorada y en el centro una depresión abismaba el ombligo. Pero allí no estaba el habitual ombligo, aquel resto del nudo que lo separó un día de forma definitiva de su madre estaba ahora ocupado por lo que parecía una esfera de metal. Se estremeció, la sangre se le agolpó en las sienes, porque en ese mismo instante, quién sabe si a causa del destello que la luz reflejó en aquella pieza metálica, su mente vislumbró por vez primera una imagen fugaz de lo ocurrido en aquel sueño: un escalpelo reflejaba la intensa luz procedente del techo.

Pegó un grito de miedo y cerró los ojos. Se negó a seguir viendo su vientre con ese objeto plateado asomando por el ombligo.

¡Me metieron metales en el cuerpo, me rellenaron de piezas de relojes u otros artificios, de engranajes, resortes, piñones, coronas, poleas, ejes, bielas, cremalleras! ¡Y están haciendo de mí un autómata!, se dijo, con lágrimas en los ojos. Tal vez fueran las voces grises del miedo, o quizá fuera realidad, el caso en que en ese preciso momento le pareció oír balbuceos metálicos en su vientre, como si múltiples duendes secretearan en sordina, voces ásperas, chirriantes, ahogadas o lejanas. Se miró las manos abiertas, dispuestas a la plegaria si hacia falta, pero no vio nada nuevo en ellas y las besó con ganas. Se puso la camisa, las zapatillas y corrió hasta su casa, dispuesto a corroborar su aspecto en el espejo: si seguía siendo o no el mismo, si sus ojos no se habían vuelto de vidrio y sus mejillas de dura porcelana. Le aterraba verse convertido en una máquina, diferente de los otros niños, transformado en un fenómeno de feria, y lo peor de todo: hecho un ser frío, sin sentimientos ni emociones.

Para su tranquilidad, el espejo le devolvió el acostumbrado reflejo. No vio en su cara indicios de metales u otros materiales que no fueran humanos. Volvió a mirarse la barriga y allí estaba el botón, con un aspecto menos mineral, y al tocarlo descubrió que se metía hacia adentro y quedaba completamente oculto. Sintió alejado el peligro y suspiró aliviado: su madre no lo notaría.

Pero las noches se le hacían eternas y difíciles, pues extraños murmullos sonaban en el interior de su cuerpo aunque estuviera quieto, como si un ejército de seres diminutos trabajara incansable, sin pausa, presuroso por acabar algo. Notaba sus carreras a lo largo del torso, el empeño en ir más allá de su vientre penetrando en las venas mayores de las extremidades para alcanzar su meta… ¿pero dónde estaba la meta? ¿Dónde querían llegar?

La mañana lo encontraba cansado, sin ganas de hacer nada, únicamente de escapar lejos, salir de la casa, evitar el riesgo de que su madre descubriera estos cambios, la nueva consistencia interior.

Una vez se cruzó con su amigo en la calle, quien llevaba a la rastra al hermano pequeño de la mano y fue cuando vio con claridad qué estaba ocurriendo. Él no es el único niño, pensó sin salir del asombro, somos todos, todos los niños estamos siendo invadidos por máquinas, máquinas que se desarrollan en el interior del cuerpo, éstas se generan desde el vientre o el corazón y van apoderándose de todos los órganos en su camino hacia la superficie, hacia la piel y las facciones humanas, y van sustituyendo con sus piezas metálicas los blandos, cálidos y frágiles componentes naturales.

A pesar del calor del estío, su amigo y el hermano intentaban escabullir su aspecto con guantes, gorras de lana caladas hasta los ojos y absurdas bufandas que le cubrían la boca. Pero el mayor descuidó algo muy importante, o tal vez lo pillara por sorpresa: cuando al saludarlo de mala gana y al vuelo de la huída, su voz fue un crujido de engranajes, bocinas y fuelles.

Todo se había generado a partir de un sueño, tal vez no fuera un sueño, alguien le introdujo la semilla metálica, esa marca redonda que fue el comienzo, que lo empezó todo y habría de convertirlo, poco apoco, en un androide escandaloso, en un muñeco sin voluntad como pinocho, en un robot que habría de arrastrar cables por toda la casa.



Fue descubriendo en el interior de su cuerpo, piezas metálicas que iban en aumento sustituyendo órganos, huesos, nervios, tendones, incluso podía entreverlas a través de la piel del vientre y en la cara interna de los brazos, donde la piel es más fina; el botón del ombligo se negó a replegarse, fastidiado y rebelde, recuperó su aspecto mineral e incluso brilló como si ardiera una luz rabiosa en su interior; también se notó más gravado al andar, con dificultades para subir las escaleras de su casa, y más torpe a la hora de jugar con sus amigos, si bien estos se rehuían unos a otros, avergonzados o temerosos de ser descubiertos. Mantuvo su secreto, no dijo nada, temía perder el amor de su madre, y sólo con pensarlo se angustiaba y era peor, porque el botón del ombligo comenzaba entonces a zumbar muy bajito cuando esto ocurría; y entre el zumbido y el llanto hiposo, no tardaría su madre en subir a su habitación preocupada. Prefería padecer el miedo de convertirse en máquina a confesarle a su madre qué le estaba ocurriendo, porque estaba seguro de que ésta no querría tener un hijo mitad humano mitad máquina, un hijo como el hombre de hojalata.

¡Se irá, me dejará abandonado en esta casa! Era su miedo, su angustia que lo atosigaba noche y día.

Se veía sólo, sin nadie que lo cuidara si caía en cama enfermo, hostigado por los vecinos cada vez que saliera a la calle, donde le gritarían “¡niño chatarra, niño chatarra!”, intentarías pegarle imanes a la piel por divertirse y le arrojarían piedras y otros objetos pesados, todo para ver cómo sonaban al golpearlo.

Y esa misma tarde, cuando estaba próxima la hora del baño, le anunció a su madre que lo haría él solo.

Está bien, le respondió ella. Ya eres mayor y es hora de que te baños solo, pero no dejes de lavarte bien detrás de las orejas.



Pero la angustia era grande, se acumulaba y crecía en el pecho amenazando con desplazar las piezas de metal invadiendo su espacio, saturar de ansiedad los engranajes, enredar las hilachas del recelo en los ejes, bloquear las poleas con su magnitud y acabar paralizándolo.

No podía soportarlo. Mantuvo oculta su nueva condición con mil excusas hasta que no pudo más, y una tarde, cuando regresó de jugar en la calle con algún que otro niño cuyo aspecto o sus ruidos mucho hacían sospechar que no era del todo humano, entró en la casa corriendo y se abrazó fuertemente a su madre, confesándole entre sollozos lastimeros qué le estaba ocurriendo, y mientras ella lo consolaba convenciéndolo de que no era más que una absurda obsesión fruto de un mal sueño, y percibía todo el calor y la vehemencia del amor maternal a través de su piel alterada con diminutos remaches, vio en la nuca de ella una huella redonda en la que se perfilaba un animal de ocho patas, ¿o era un engranaje?

Sin abandonar el tierno brazo de su madre, poco a poco fue disminuyendo el llanto, y no volvió a sentir miedo.
De "El hombre en el mirador". Ed. Progreso, México, 2008

28.1.12

LETRANTERÍAS



Las letras más adecuadas para colocar libros son, sin lugar a duda, la E, la H, y la A, por la balda central. La H es excelente, pero sólo tiene un estante. La E tiene los inconvenientes de que en ella caben pocos libros, en los estantes superior e inferior, que son más largos, entran un poco más, pero unos libros están muy cerca del suelo y se ensucian con facilidad, a los de arriba les pasa otro tanto con el polvo, además, para alcanzarlos hay que ser muy alto o subirse a una silla; en la A caben apenas dos o tres ejemplares, siempre y cuando no sean muy gordos, aunque están bien protegidos del polvo, pero la forma triangular del hueco impide poner libros altos en los extremos, donde en cambio sí cabrían perfectamente, por ejemplo, dos tarros de mermelada. La Z tiene los mismos inconvenientes que la E a los que se suman los de la A por la falta de perpendicularidad de uno de sus lados, en el estante inferior. Algo similar a la E les ocurre a la F, la L, y la T. El resto presentan curvas poco prácticas, como la B, la D, la P, la R y la G, con el agravante de la poca estabilidad. La C, la J, la O, la Q y la S no valen para poner nada en ellas, porque se desestabilizan al menor roce y la O en particular sale rodando; en la I apenas cabe un libro o dos; en la K, la M, la N, la Ñ, la V, la W, la X y la Y todo son ángulos agudos, ideales para guardar madejas de lana pero no libros.

19.1.12

Sigue hablándose de Tierra de Bárbaros.

Hace casi 200 años, en Argentina, recién lograda su independencia de España, la política local naciente se parece más a la mafia que a un gobierno medianamente serio o decente.
Buenos Aires, la capital, es una ciudad que ahora nos parecería pequeña y provinciana. Todo el mundo se conoce, las diferencias sociales están muy marcadas, el caciquismo rige la vida social. Dos partidos hostilmente enfrentados a muerte, federales y unitarios o rojos y celestes, andan siempre rodeados de matones, capaces de cualquier cosa por gobernar el nuevo país. La burguesía incipiente quisiera igualarse a la europea y para ello pueden llegar a realizar los actos más peregrinos.
En una atmósfera algo opresiva, podemos asistir a las andanzas de los personajes de esta novela coral, en la que todos ellos adquieren un protagonismo similar. Novela costumbrista, histórica y con ligeras pinceladas de realismo mágico o fantástico.
Las historias de todos los personajes se van superponiendo como pétalos de rosa, cubriendo parte del pasado y avanzando retazos de futuro. Y así, con un poco de aquí y un poco de allá, construye una historia original y admirable, desvelando los pormenores de una época convulsa adornada con elementos extravagantes en ocasiones, mágicos en otras. Una chocante orden religiosa de monjas estrafalarias que nadie conoce, un hombre sapo con un sex-appeal sin igual, falsas mulatas adivinas, un tigre de bengala que se pasea por las calles con naturalidad y del que se enamora la madre superiora y a quien hace levitar, una momia de un indio comechingón  cuyo descubrimiento es la atracción principal de una fiesta con lo más granado de la sociedad bonaerense, embarazos mágicos producto de terribles maldiciones, muertes salvajes descritas con brutal realismo.
Tierra de barbaros1 RESEÑA: Tierra de bárbaros, de Norberto Luis Romero
El autor va tejiendo las historias, abriendo para nosotros sus vidas que finalmente cierra con la misma maestría con que nos las descubrió. Sangre e infamia en una Tierra de bárbaros escriben la historia, el pasado reciente (que 200 años no es nada…) de una Argentina recién independizada, recién liberada del vasallaje hacia España.
Solamente un “pero”, que no es tal, puesto que es algo muy personal. El lenguaje, que refleja fielmente el habla argentina de la época, me resultó bastante costoso de seguir. Ya he comentado muchas veces lo complicadas que me resultan las novelas en las que abundan los giros, los modismos, las palabras propias del lenguaje de países de Hispanoamérica pues, aún compartiendo un mismo idioma, hablamos todos de manera muy diferente. Insisto, esto es una opinión muy personal y en absoluto una crítica al autor o al libro.

14.1.12

La bruja (bilingüe, castellano italiano)

La bruja
Ahíta después de comerse a Hansel y Gretel, abandonó a toda prisa la casita de chocolate para acudir al palacio de una bella princesa y entregarle un uso que la dejó dormida, de allí a la casa de una tal Caperucita donde le informaron que llegaba tarde y habían puesto a un lobo, corriendo acudió al bosque para ver a Blancanieves y darle una manzana emponzoñada…
En su casa, se quitó los pesados zapatos, y mientras descansaba en la mecedora rogó a dios que llegase pronto es realismo.

La strega

...Sazia dopo essersi mangiata Hansel e Gretel, abbandonò in tutta fretta la casetta di cioccolato per accorrere al palazzo di una bella principessa e consegnarle un fuso che la fece addormentare, da lì alla casa di una certa Cappuccetto dove la informarono che arrivava tardi e che al suo posto avevano messo un lupo, correndo raggiunse il bosco per trovarsi con Biancaneve e darle una mela avvelenata… A casa, si tolse le pesanti scarpe, e mentre riposava sulla sedia a dondolo pregò dio che arrivasse presto il realismo…
Traducción de Dajana Morelli
De la antología de mis cuentos "Istantanee d’Inquietudine", de próxima aparición, Edizioni Arcoiris, Italia.

9.1.12

Un cuento de Karim Shaker


EL OLOR DE LA CARNE HUMANA

Vivo en la misma casa desde hace mucho tiempo. El barrio, una zona bastante normal. Cada día no se mudan nuevos vecinos a la casa de enfrente. Hoy sí. No he podido ver a ninguno, pero se que son una familia numerosa: Un padre, una madre, y tres hijos. Me lo han dicho.

Esta noche iré a visitarlos. No soporto vivir enfrente de alguien y no conocerle. Es una mierda. Antes no era así. Todos nos conocíamos, nos llamábamos por nuestro nombre. Eso es de ser personas.

Llevo aquí dos horas. No me he movido de la ventana. Nada.

Ahora se enciende una luz. Están dentro. ¿A que huele? No importa. Sigo en la ventana. Enciendo un cigarrillo.

Una calada, dos. Lo tiro. Es malo. Tengo sed, pero no bebo. Se acerca un perro a la puerta. ¿Lo huele? Sí, lo esta oliendo. Un niño lo llama. Adiós perro. Va a ser la hora. Se apaga la luz, se enciende otra en el piso de abajo. Se apaga esa luz, no se enciende ninguna otra. Están en el sótano. Me lo han dicho. ¿Que están haciendo? Mi mente no puede pensar. Tengo sed, en algún rincón oigo un grifo que gotea. Eso me da más sed. Es la hora. Tengo que ir. ¡Tengo que ir ya! No, espera. Luz. Abajo. Ahora se apaga. Se enciende arriba, justo en la ventana de enfrente. Una silueta. Un resplandor; Una cerilla. Se ha encendido un cigarrillo. Fulgor: una calada. Otro fulgor: otra calada. Lo tira. ¿Qué? Otro perro. ¡No!, es el mismo perro. Huele otra vez. El mismo niño lo llama. Tengo mucha sed. Esos grifos, tenía que haberlos arreglado. El olor es tan fuerte. ¡Se apaga la luz!, se enciende otra abajo. Se apaga esa luz. Se abre la puerta. Alguien sale despacio de la casa. Cruza la calle. Entro en casa. Ese olor. Ahora lo sé. Son cinco. Me lo han dicho. Un padre, una madre y tres hijos.

Esta noche iré a visitarlos.

4.1.12

Ángeles Prieto barba reseña "Tierra de bárbaros"


Hombres sapo, monjas que levitan, médiums, la maldición de una momia comechingona, tigres borgianos que aparecen en Buenos Aires y en Córdoba, la metrópolis y el interior, civilización o barbarie, Juan Manuel de Rosas y Facundo Hernán Quiroga son algunos de los múltiples elementos que transitan por esta historia y que, conducidos sabiamente por un auténtico festín del lenguaje, concluyen en un final apoteósico que convierten a esta novela en un placer difícilmente olvidable. Uno de esos libros que es imposible dejar olvidado en el asiento del autobús y que, una vez terminado, sientes ganas de volver a empezarlo de nuevo.
Su autor, Norberto Luis Romero, de origen argentino pero sobradamente conocido en el cada vez más reducido mundo de las letras excelentes, firma esta novela tras una ingente y larga trayectoria jalonada de piezas excepcionales: El momento del unicornio (Tropo editores), que recoge cuentos verdaderamente magistrales; La noche del Zeppelín (Valdemar, véase crítica de Miguel Baquero en este mismo blog) novela trepidante; Ceremonia de máscaras, Bajo el signo de Aries, Emma Roulotte es usted o Signos de descomposición son algunas de sus obras que todo lector entendido debería conocer.
Y aunque podríamos encuadrar su argumento dentro de lo que se ha venido en llamar “literatura de realismo mágico”, yo no lo consideraría así dada la consistencia y el rigor histórico demostrado en su desarrollo, así como por la naturalidad que en el desconocido y deslumbrante paisaje argentino del siglo XIX presentan sus personajes, nada excéntricos en él, a mi modesto entender, por mucho que puedan parecernos.
Un mundo espléndido pero también de trabajo duro, de crecimiento y prosperidad económica, por el que Argentina se abría a los estados europeos con su estatus de tierra de promisión para todos los desventurados, hambrientos de pan y sedientos de justicia, que llegaron para llenar aquel país de gentilicios y eufonías procedentes de todos los confines de la Tierra. Un lugar de acogida para metecos, un territorio mestizo, increíblemente rico, gentil y culto. Pero también una tierra de bárbaros y salvajes, como sabiamente nos indica su autor, donde ya aparecen flotando cadáveres en los muelles, lamentable señal de que ya existe la “mazorca”, aquella penosa institución gansteril del periodo rosista, que se vio tristemente continuada por la “patota”, en el siglo veinte.
Pero es que además, esta no es una novela histórica strictu sensu, entendiendo por tal el registro escrupuloso de hechos históricos, pero puestos al servicio o servir de atrezzo, a las aventuras de una pareja protagonista. Hay más, muchísimo más, hay mensaje profundo bajo un desfile de personajes de marcado carácter y personalidad, algunos aparentemente locos, siempre fuertes y competitivos, donde la fantasía de Norberto se despliega para atraparnos en un ambiente único y magistral, decididamente original, quizá el mayor logro de esta brillante novela.
Todo ello con un lenguaje rico, musical y subyugante de hermosas palabras, sin concesiones a la vulgaridad, ni a los trillados lugares comunes, de los que esta novela espléndidamente está exenta. Un mundo que no deberíamos dejar de visitar porque con este libro crecemos: nos hace más libres, cultos, críticos y felices. Y lo cerramos con provecho.