6.5.13

LA DERROTA

Collage fotográfico para la antología "desahuciados", de Vagamundos, Granada, de reciente aparición, para el cuento La derrota de Ángel Olgoso".

28.4.13

FUGA DE CEREBROS



El mío me abandonó hace años, me lo cruzo de vez en cuando en la calle, feliz en esa cabecita rubia cuyos ojos evitan los míos.

24.4.13

LA SEÑORA BROWSKY Y LOS POSOS DEL CAFÉ.


La señora Browsky huele fuertemente a naftalina a principios de cada estación. Los primeros días, el olor es penetrante, pero con el paso del tiempo se atempera, aunque no llega a desaparecer del todo, porque vuelve a arreciar con más fuerza que nunca cuando llega el invierno. Es su forma de combatir las polillas, con esas bolitas blancas que desparrama abundantemente en los armarios, los cajones, especialmente entre la ropa de lana y de hilo, y que renueva cada temporada, cuando se han reducido al tamaño de una lenteja o se han desvanecido del todo. No soporta que pueda volver a pasarle lo que hace unos años, cuando se encontró los abrigos y pulóveres, los calcetines de lana, las toallas de algodón y sábanas de hilo, todo lleno de agujeros primorosamente rodeados de polvillo y larvas enredadas. Un encaje de desgracias, una hecatombe, se dijo.
  Naturalmente, nadie le hace notar esta costumbre tan desagradable, ese olor penetrante que lo envuelve todo a su paso, que como un heraldo anuncia incluso su llegada, que perfuma la cola del banco donde cobra su pensión, o la verdulería de la esquina, o la panadería donde acude cada mañana a comprar esas galletas sin sal y, cada tanto, sólo cada tanto, una pastafrola de las chiquititas. Es un capricho que puede darse, la pastafrola de esa panadería porque las hacen como las hacia ella, cuando tenía una familia, pero ahora, para ella sola, no.
  La señora Browsky tiene tediosas costumbres, pero de vez en cuando se las salta para variar, dice ella, como cuando va a tomar el té a casa de la señora Petra, o cuando es la señora Petra quien viene a la suya. La señora Petra también es viuda y sin familia, pero puede darse más caprichos porque su marido le dejó una pensión, digamos, generosa. Por eso siempre es ella la que compra las pastas de té, en casa de una u otra, siempre es ella quien las compra en la panadería de la esquina de su casa, que no es la misma panadería donde compra la señora Browsky el pan a diario y las galletas secas para el desayuno. Es un poquito más cara, pero en la calidad se justifica. Viven a unas siete cuadras la una de la otra y se conocen desde hace muchos años, pero ninguna recuerda ni dónde ni cuándo ni en qué circunstancias se vieron por primera vez y se hicieron amigas. A lo máximo que pueden llegar, y jamás se ponen de acuerdo, es a que fue en un velorio, pero ¿de quién?, ¿quién era el muerto o la muerta?, tampoco lo recuerdan, ni falta que hace. Toman té porque es lo mejor para acompañar las pastas, pero la señora Browsky prefiere el café de toda la vida. A su amiga, en cambio, le sienta mal. Le quita el sueño y le produce ardor de estómago.
  La señora Browsky acostumbra a desayunar esas galletas secas, redondas, un poco infladas, huecas, con cuatro agujeritos, y que se rompen fácilmente, con café a la turca, porque en su familia materna lo prepararon así toda la vida, a la turca, fuerte, sin azúcar, y prohibido meter una cuchara, y menos aún revolverlo, porque se estropea. Cada mañana, una vez acabado el desayuno, la señora Browsky apura su café con mucha delicadeza y deja la taza boca abajo sobre el plato unos cinco minutos, pasado este tiempo, la vuelve boca arriba y, sin tocarla, se asoma a su interior para ver el dibujo formado por la borra. No es que crea especialmente en estas cosas de oráculos, pero la entretienen y le ayudan a ejercitar la mente, la imaginación y en ocasiones la empujan a romper la rutina. Y no lo cuenta a nadie, si siquiera a su amiga Petra, no vaya a ser que la tomen por adivina o loca. A partir del momento que interpreta el dibujo, puede estarse tranquila, con el deber cumplido, y de ahí en más planificar alguna labor especial para ese día según se lo haya aconsejado o sugerido la filigrana oscura del café, o bien puede abstenerse y no hacerle ningún caso. Lo poco que sabe de estas artes adivinatorias, o que dice saber, aunque por lo general no habla del asunto porque es sumamente discreta, lo aprendió de su abuela materna, la viuda Bujakiewicz, que cuando vivían allá en Polonia, cada noche leía a su marido y a sus hijos varones los posos del café antes de ir a la cama y se jactaba de haber predicho la desaparición de una jovencita arrebatada por un huracán. De ella sabe, si es que no confunde los símbolos, que, por ejemplo, un corazón significa amor, amistad, o sencillamente afecto; que una mano representa ayuda o amistad; que una silla aconseja prudencia; que una estrella antecede a un éxito, etc. Pero muchas veces las formas son confusas y apenas puede interpretarlas: puede ser una silla, pero en este caso le falta una pata, puede parecer una flor, pero también una estrella o una araña. Estas formas imprecisas son las peores, porque no le permiten hacer nada especial ese día y debe quedarse en casa, repasar el polvo, barrer o cualquiera de esas labores domésticas. Los insectos, por lo general, no indican nada bueno, tampoco las águilas, los búhos y cuervos, y menos aun los sapos y murciélagos, si bien son infrecuentes. En estos casos de figuras funestas o bien cuando la borra es imprecisa, la señora Browsky no les hace caso, lava la taza como si nada hubiera visto en ella y espera al día siguiente. Luego también están las interpretaciones personales, saltándose las normas, que ella puede hacer según le convenga porque si se pueden evitar disgustos, mejor; por ejemplo: si se ha levantado con energía y deseo de arreglar los rosales es posible que vea en el poso una flor, y más concretamente una rosa; si lleva unos días pensando que le gustaría pasear por el parque, seguramente esa mañana en la taza verá un columpio o una fuente con patos; si lo que quiere es darse un capricho y comer pollo, la borra tendrá su perfil e incluso será capaz de oírlo cantar desde el fondo de la taza, muy bajito.
  A veces le ocurre que la figura no se parece a nada, que sencillamente es una mancha oscura y espesa, despatarrada o no, de la cual es imposible extraer algún oráculo, ni siquiera para saber si ese día debe sacar o no el paraguas, y esta incertidumbre le genera malos pensamientos. Otras, como le ocurrió hace unos meses, no fue casual la cruz que apareció en el fondo sino un mensaje claro de su difunto esposo, sugiriéndole que ya iba siendo hora de que acudiera a visitarlo al cementerio. Se sintió un poco avergonzada de que su propio marido tuviera que recordárselo, y además por ese medio. También pasó una vez que los posos le sugirieron que debía cambiar el televisor por uno más moderno, pero no estaba a su alcance y se conformó con ir al cine con su amiga Petra, por la forma cuadrada que vio en la taza podía ser indistintamente un televisor o una pantalla de cine.
  Muchas veces tuvo ganas de confesárselo a su amiga Petra, consciente de que como ésta no toma café, nunca arriesgaría su salud a cambio de un vago oráculo, que consideraría como abrir una puerta a la incertidumbre o a las desgracias. De la misma forma, ésta callaba cada vez que el olor a naftalina en el que llegaba envuelta su amiga, le daba ganas de salir huyendo con cualquier excusa. Pero discretamente encontraba la solución, pues ese día tomaban el té en el comedor, en la mesa grande, cada una ocupando una cabecera, cosa que a la señora Broswsky le parecía un detalle elegante, de buenas y finas maneras, que ella no podía permitirse pues jamás había tenido una mesa de tales dimensiones, y menos con tanta talla y floritura.
  Llegado el invierno, cuando la casa entera comenzó a oler a naftalina a pesar de que las bolitas se habían consumido en los armarios, tras desayunar, la señora Browsky esperó los cinco minutos de rigor para dar vuelta la taza y enfrentarse al destino que marcaría la senda a seguir esa mañana. La imagen que vio era el retrato clavado de su amado y difunto esposo. Lo supo a primera vista: ese rostro afilado, en blanco y negro, era el de su marido, tal vez poco antes de morir, pero era él, y dedujo que la requería del más allá, acaso por aburrimiento, porque ella no sólo le llevaba flores de su propio jardín, también le hablaba cuando visitaba su tumba, poniéndole al corriente de su vida y de los principales acontecimientos ya fueran del barrio o mundiales. Así se distraían ambos un par de horas y él quedaba conforme y enterado de la actualidad, con rosas frescas cercanas que encubrían el olor a naftalina que persistía incluso al aire libre durante un rato. Dejó la mesa tal cual estaba, para no perder tiempo fregando taza y el plato, se dirigió a su armario ropero y sacó el abrigo de paño gris marengo con botones negros. Cual fue su sorpresa, y disgusto, cuando descubrió que a pesar de la naftalina que generosamente había puesto el año anterior al acabar los fríos, las polillas habían anidado un una manga y el canesú, donde se abrían como flores sendos agujeros. ¿Cómo es posible que el café no le hubiera advertido dibujando una polilla negra con feroces mandíbulas? ¿O había sido ésta la mariposa que creyó distinguir una mañana de lluvia y que descartó inclinándose por un avión que le presagiara un viaje, tal vez a la tierra de su abuela? 
  No podía darse el lujo de gastar los escasos ahorros en comprar un abrigo nuevo, imposible zurcirlo o remendarlo. Acongojada, casi con lágrimas en los ojos, no tuvo más remedio que ponérselo y dirigirse al cementerio escabulléndose de la gente para que no le vieran los agujeros. No le contaría este incidente a su marido, por no preocuparlo y, como siempre, hablaron de otras cosas, y de la mesa grande y tallada de su amiga la señora Petra.
  La señora Browsky nunca regresó, deudos de un sepelio vecino la encontraron acurruca contra la lápida de la tumba de su esposo, todavía con el ramo de flores en la mano cuyo perfume les recordó un derivado del petróleo. Una sobrina lejana que se ocupó de todo, dice que cuando entró en la casa dos cosas la echaron para atrás: el fuerte olor a naftalina, y una calavera negra que el poso del café dibujaba en el fondo de una taza olvidada en la mesa.

30.3.13

EL BENEFACTOR



El ciudadano ejemplar, archimillonario, filántropo y generoso, decidió donar a la ciudad un bello y lujoso cementerio, dotado de todos los avances, en el que tuvieran cabida todos los ciudadanos cuando pasaran a mejor vida, y sus restos reposaran en paz en elegantes tumbas de mármol acondicionadas para que soportaran el mínimo deterioro. La idea fue acogida con entusiasmo y cada uno eligió, de un amplio catálogo, el modelo de tumba con el que había soñado. En el sobre junto al dibujo y los planos elegidos, cada ciudadano adjuntó su nombre y apellidos y la fecha de su nacimiento.
  En tres años de arduo e interrumpido trabajo, el cementerio se levantó circundado por altos muros de los que sobresalían estatuas de ángeles, doncellas, cúpulas doradas, agujas, torres y cruces. El 21 de mayo, coincidiendo con la llegada de la primavera, la inauguración fue convocada a bombo y platillo y ante las puertas del recinto el benefactor pronunció un hermoso discurso, cargado de metáforas, antes de abrir las altas cancelas de hierro.
  Los ciudadanos se extasiaron ante el panorama: la perfecta geometría ortogonal del trazado de las calles flanqueadas por cipreses esbeltos; panteones espléndidos alienados formando manzanas, con jardines que salpicaban de flores el austero mármol. Superado el éxtasis, se esparcieron por las calles en busca de la propia tumba que cada uno había elegido tres años atrás. Nadie se sintió defraudado cuando se encontró frente a la suya propia, en cuyo dintel aparecían cincelados nombre, apellidos y fecha de nacimiento, pero sí se sintieron invadidos por un ligero resquemor: no era usual leer el propio nombre grabado en una tumba.
  De inmediato este sabor de boca fue sustituido por uno más dulce cuando descubrieron la belleza y el oropel que reinaban en el interior de las criptas: catafalcos abiertos exhibían un terciopelo blanco como nieve, y el rojo carmesí y el amarillo de las vidrieras volvía en rosa o dorado la luz que se filtraba por las banderolas altas. Flores artificiales de seda se enredaban en las columnas de ébano y numerosas criaturas angelicales de piedra y nobles metales velaban desde todos los ángulos. Cada uno tuvo en su corazón palabras de agradecimiento para el benefactor, a punto estuvieron de caer de rodillas en señal de absoluta gratitud, pero en aquel momento, en cada una de las tumbas las puertas se cerraron automáticamente con enorme estruendo, y un rayo de luz proveniente de un rosetón colocado en lo alto iluminó el reverso de cada puerta, en la que vieron cincelada la fecha de su muerte y un epitafio que decía:


“Hoy, 21 de mayo, se abren todas las flores.
El Benefactor, con el poder que le da su riqueza,
las marchita y las seca lentamente”.

27.3.13

LOS HUÉRFANOS


Aro Tolbukhin. Agustí Villalonga


  No conocimos a nuestra madre, murió una semana después de haber nacido nosotros, acaso debido a que no pudo soportar las consecuencias de un parto de trillizos. Pero su presencia en casa es continua y feliz: papá lleva el vestido blanco de mamá a todos lados. Cuando comemos lo sienta a la mesa, en la silla que ella ocupaba; y sigue teniendo su sitio en le sofá cuando miramos televisión. Lo lleva con él en el coche, sentado a su lado, cuando va de compras. Lo mantiene limpio, impecable, sin una arruga y oloroso a lavanda.
  Hay algo que los hijos nos preguntamos, ¿por qué cuando llega la noche y papá se encierra en su alcoba con el vestido, en el momento en que desaparece la luz por debajo de la puerta, lo oímos sollozar?

23.3.13

LA SEÑORITA KAMINSKY (De "Las polacas")


  Vino en sustitución del maestro Borolav, que pocos días antes lo encontraron muerto en el bosque de puro viejo, y se alojó en una casita cercana al colegio, que alquiló por una suma modesta. La señorita Kaminsky no era lo que se dice gorda, pero sí rellenita y de cara redonda. La verdad es que a los hombres del pueblo poco les interesó, pero si no se fijaron en ella no fue por su físico sino por su aspecto anodino. Ella era una de esas personas en las que nadie repara, que es como si fueran invisibles o transparentes. Apenas hablaba, no gesticulaba y cuando sonreía era como si sus labios reflejaran una tristeza interior insoslayable y antigua.
  Nada se sabía de ella además de haber sido enviada por el gobierno a cubrir la plaza de maestra y nada se supo nunca jamás hasta el día en que, meses después de haber desaparecido, los inquilinos nuevos de la casita descubrieran esa caja oculta en un hueco de la pared.
  Lo único que se sabía de ella, además de que como maestra era mejor que el antiguo Borolav, que dicho sea de paso en los últimos años había descuidado mucho su trabajo y los niños no aprendían sino a zanganear y cometer errores ortográficos, era que le gustaba mucho pasear por la orilla del río, leer y tomar notas o algo así, en un cuaderno de tapas rojas que llevaba a todos lados. Los domingos asistía a la iglesia, siempre en la última fila, pero jamás se la vio en otro evento social, ni en los bailes ni festejos de ningún tipo. Pasaba casi todo su tiempo libre encerrada en su casa corrigiendo pruebas o cosas así, porque algo tendría que hacer para no aburrirse, sobre todos sábados y domingos, decían en el pueblo; y cuando en invierno el sol calentaba, daba vueltas cerca de la estación de trenes o simplemente se sentaba en un banco soleado a verlos pasar. El cartero, que frecuentaba más de la cuenta y en horas de trabajo la taberna, dijo un día que la maestra recibía una carta todas las semanas, una carta ligeramente perfumada y sin remitente, pero con matasellos de la capital. En cuanto se difundió el rumor, las conjeturas volaron a lo largo y ancho del pueblo: un hombre enamorado, acaso un pretendiente despechado cuando era adolescente que insistía en conquistarla. O que eran enviadas desde la cárcel, donde estaría su marido condenado por robo, asesinato, alta traición, nunca se sabe. Que si eran anónimos amenazándola con contar no se sabe qué.
  También se figuraban cosas sobre ella, ya que no se conocía su vida, alguien tenía que inventársela, y nadie mejor que la vieja Katrina, la que murió junto a su marido de un edema de glotis provocado por la picadura de miles de avispas camoatí. Esta anciana, cuyo oficio era el de correveydile, no tardó nada ni en forjarle un pasado y un presente a la señorita maestra ni en augurarle un futuro colmado de desdichas, como que acabaría arrollada por un tren si seguía con esa costumbre de pasearse por el andén. De su vida pasada también se lució, inventando que había estado casada y había matado al marido, luego cambió la versión diciendo que el marido estaba preso por asesino, y posteriormente que había muerto en la guerra, descuartizado por una granada de mano. Como era de esperar, nadie hacía caso a sus chimentos, pero a veces decía verdades, lo que ocurre es que ya nadie distinguía entre verdad y mentira.
  La señorita Kaminsky estaba a tanto de cuanto habladuría de ella circulaba, pero jamás perdió el sueño, era una mujer templada y segura de sí misma. Es fácil suponer que no le preocupaban muchas de las cosas mundanas que inquietan a la mayoría, pues jamás se vio en su gesto una sombra de malestar ni de dudas y su vida, rutinaria y sencilla, no cambió en los quince años que estuvo en el pueblo ejerciendo de maestra hasta el día en que desapareció, un jueves 6 de agosto sobre las tres de la tarde, justo el día y la hora en que pasa el tren con destino a la capital. Aquel día sus alumnos esperaron sentados en sus bancos a que llegara y al cado de media hora decidieron regresar a sus casas donde comunicaron lo ocurrido. La señorita Kaminsky no vino a dar clase. Al cabo de un rato estaban llamando a la puerta de su casa el alcalde y demás autoridades además de curiosos, pero nadie abrió. Decidieron echar la puerta abajo y entrar y tampoco estaba muerta, como habían pensado, sobre todo después que la vieja Katrina afirmó muy oronda haber visto un embozado merodeando la casa. Simplemente no estaba y no había dejado señal alguna de su estancia, nada, ni un miserable papel, ni una nota, ni un plato, ni una fotografía, nada, era como si en esa casa no hubiera vivido nadie en los últimos quince años. La conclusión a la que llegaron al ver que pasaban los días y ella no aparecía y por el hecho de haberse llevado todo, fue que había decidido desaparecer por voluntad propia, seguramente en uno de los trenes que pasaban cada semana, bien rumbo a la capital, bien hacia alguno de los pueblos vecinos. La pregunta que circulaba en boca de todos era ¿por qué?, si no le faltaba de nada, si aparentemente era feliz con sus clases y querida por sus alumnos, porque en los años que impartió clases jamás hubo una queja y sí alabanzas a su labor, impecable, cariñosa a pesar de ocultar sentimientos. Porque los niños detectan esas cosas sin necesidad de que haya que decirles nada ni demostrárselo, simplemente lo saben, y contaban en su casa lo mucho que querían y admiraban a la señorita Kaminsky.
  Pero a veces hay personas que un buen día se levantan y así, de pronto, deciden dar un giro radical, disconformes con su existencia. Y esto seguramente le había pasado a ella, acaso porque decidió escapar del tedio, de su aburrida vida en el pueblo donde la habían enviado desde el ministerio, sin preguntarse si le gustaría o no, sin darle alternativas, desearía renacer en un lugar distante que le brindara oportunidades. Hubo algunos que se atrevieron a decir que se había ido andando, siguiendo el trazado de los raíles y que probablemente la atropellara el tren, porque en el fondo deseara suicidarse. La vieja Katrina anduvo de casa en casa aseverando que había visto su alma descarnada vagando cerca de la estación, que tenía el rostro desencajado, sufriente.
  Al final la olvidaron, un nuevo maestro se hizo cargo del colegio y también alquiló la casita que había sido de ella. Mandó arreglar las ventanas y la chimenea, que tiraba muy mal y vomitaba humaredas dentro de la casa. Los obreros descubrieron una lata de galletas de lata escondida en el tiro. Dentro había cartas, muchas cartas atadas en manojos de diez con cinta roja. Eran cartas de un hombre profundamente enamorado. Un hombre cuya identidad se ocultaba siempre bajo el mismo seudónimo en bella letra inglesa: Johann, cartas enviadas a lo largo de estos años vividos en el pueblo. De más está decir que las cartas circularon de mano en mano hasta casi desintegrase con sólo tocarlas y que a muchos conmovieron las amorosas palabras que el hombre le hubo dedicado durante tanto tiempo, sin disminuir un ápice su amor, su fiel adoración. Por fin tuvieron una idea cabal de la señorita Kaminsky, supieron que tenía un corazón y que fue capaz de despertar la pasión en otro, y que tal vez por este amor que nunca pudo realizarse ella sufría en silencio, y por de ahí ese gesto impreciso, esa inmutabilidad aparente, esa imperceptible e inhabitual sonrisa que aparecía en sus labios... casi nunca. Y la recordaron con lástima o ternura, pero ya no con indiferencia.
  Junto a las cartas había también un matasellos de correos de la capital y la almohadilla de tinta en su estuche, pero nadie hizo caso. Curiosamente, si alguno de sus alumnos hubiera visto una de esas cartas, identificaría de inmediato la caligrafía elegante de su maestra cuando escribía en la pizarra.

20.3.13

DEVOCIÓN POR EL MERCURIO




De niño me fascinaba quebrar los termómetros en busca de esa lágrima de plata esquiva, que se escurre entre los dedos, se fragmen­ta en numerosas y minúsculas esferas igualmente inasibles,  y vuelven a fusionarse con un espasmo. Lentamente, con el paso de los días, la lágrima va desgastándose, haciéndose cada vez más exigua hasta desaparecer.
Multitud de veces la hice rodar por el suelo, entre las patas de los muebles, como un frágil insecto deslumbrante que al chocar con un obstáculo soltaba decenas de esporas, que se perdían en los recovecos inaccesibles del entarimado, en sus fisuras oscuras, junto a la pelusa y el polvo acumulados.
Ahora, mi inexplicable debilidad es otra: esta desgana y laxitud que me impide, incluso, empuñar el lápiz en este intento de dejar un breve testimonio. Ya no destruyo el frágil y delgado cilindro de cristal que contiene el mercurio, y que cada noche indica mi debilidad con su misterioso alargamiento capilar. Hace años que poseo este mismo termómetro, que cariñosamente alojo en mi axila izquierda al atardecer, mientras rememoro aquellos días azules, cuando a escondidas hacía rodar la bolita de plata, amparado bajo la enorme y oblonga de la mesa Chippendale, que todavía hoy conservo, y cuyas patas acabadas en garra felina estrangulas una enorme esfera opaca y desgastada.
El azogue de los espejos -a los que ahora rehuyo- posee semejanzas con la pulida superficie metálica del caprichoso mercurio, con su misteriosa capacidad para fragmentarse sin perder por ello su forma primigenia.
También me desvanezco con los días, me voy empeque­ñeciendo poco a poco entre cálidas ensoñaciones en las que evoco la garra aprisionando la bola. Me pregunto si también yo, un día, me fragmentaré en numerosas esferas de plata, si este color ceniciento que patina mis mejillas antes rosadas, se volverá brillante como el azogue, y si mis hijos sentirán de niños esa misma pasión que yo -porque todo de hereda, como la heredé de mi padre, y éste de mi abuelo, muertos prematuramente, débiles y cenicientos.
Cuántas veces coloqué en el cuenco de mi lengua plegada aquel insecto brillante, me extasié en su frescura impalpable y lo dejé rodar luego por mi garganta. A veces, la frialdad del termómetro en mi boca me recuerda esa sensación tan peculiar e infrecuente que tuve el privilegio de experimentar.
Sé que este termómetro que me acompaña fielmente desde hace años señalándome el paulatino avance de mi fin, acabará sus días bajo la codiciosa mirada de mi pequeño hijo, cuyas manos extiende hacia mi axila reclaman­do su herencia con balbuceos. La bola de plata acabará prisionera entre sus dedos, como la esfera de madera en las garras del león; pero intuyo que será por poco tiempo, pues el mercurio, en su desmedido amor por la libertad, acabará huyendo de la pasión de mi hijo, fragmentándose, desvaneciéndose en su boca, igual que se desvanece mi rostro cada mañana en el espejo, en las fisuras oscuras del veneno.